Ciencia y Técnica

13
Nov
2018

 valores ciencia 5

Una vez que Merton (1942) abrió la puerta a los valores como un elemento fundamental para caracterizar la empresa científica y para sustentar la legitimación social de la misma, otros autores han aportado su propia visión. Paso a continuación a hacer un breve repaso, recurriendo, para ello, a referencias recogidas por Javier Echeverría en sendos trabajos de 1995 y de 2002.


De acuerdo con la teoría de los objetivos de la ciencia de Karl Popper: “la ciencia busca la verdad y la resolución de problemas de explicación, es decir, que busca teorías de mayor capacidad explicativa, mayor contenido y mayor contrastabilidad.” Según Popper, la objetividad científica exige que las conjeturas sean sometidas a prueba; por eso, la falsación y la crítica no son sólo preceptos metodológicos, son también reglas propias del ethos de la ciencia. Por otra parte, la comunicabilidad del conocimiento científico (y en concreto la escritura) son condiciones sine qua non para que esa objetividad sea factible. Popper formuló una nueva característica universal para todo tipo de ciencias (formales, naturales, sociales), a saber, su carácter público. “[..] decimos que una experiencia es pública, cuando todo aquel que quiera tomarse el trabajo de hacerlo puede repetirla,” para remachar a continuación: “Esto es lo que constituye la objetividad científica. Todo aquel que haya aprendido el procedimiento para comprender y verificar las teorías científicas puede repetir el experimento y juzgar por sí mismo.” Y por lo mismo, la universalidad de la ciencia es otro valor continuamente subrayado por él. La investigación científica se lleva a cabo en un marco social, cultural, institucional e histórico determinado. Sin embargo, ello no implica que no podamos sobrepasar dicho marco, conduciendo nuestra indagación hacia una mayor universalidad.


“En último término, el progreso depende en gran medida de factores políticos, de instituciones políticas que salvaguarden la libertad de pensamiento: de la democracia.” […] La axiología subyacente a la teoría popperiana del objetivo de la ciencia nos muestra nuevos valores, que él considera fundamentales para el desarrollo de la actividad científica: por ejemplo la libertad de pensamiento y la libertad de crítica.


Mario Bunge negó la dicotomía entre hechos y valores en la ciencia y mantuvo al respecto una postura matizada: “el contenido del conocimiento científico es axiológica y éticamente neutral”, pero “algunos de los criterios que se emplean en ciencia son claramente normativos”. Para Bunge, “los valores son propiedades relacionales que adjudicamos en ciertas ocasiones a cosas, actos o ideas, en relación con ciertos desiderata“. Hay valores que la ciencia moderna ha promovido siempre, como la verdad, la novedad, el progreso, la libertad y la utilidad. Bunge afirmó incluso que “la actividad científica es una escuela de moral” y que “la ciencia es una fuerza moral a la vez que una fuerza productiva”, para terminar diciendo que “en conclusión, la ciencia, en su conjunto, no es éticamente neutral”.
En una conferencia dictada en 1973, Thomas Kuhn planteó una nueva pregunta en filosofía de la ciencia: ¿cuándo una teoría científica es buena (o mala)? En lugar de preguntar sobre la verdad, falsedad, verosimilitud, falsabilidad, contrastabilidad, etc., de las teorías científicas, como era habitual entre los filósofos de la ciencia, Kuhn suscitó una cuestión que es previa a la de la verdad, falsedad o verosimilitud de las teorías. Según Kuhn, los científicos criban previamente las propuestas y para ello recurren a una serie de requisitos y valores a los que hay que prestar gran atención.


Respondiendo a su propia pregunta, Kuhn indicó al menos cinco características para admitir que una teoría científica es buena: precisión, coherencia, amplitud, simplicidad y fecundidad. Posteriormente sugirió un sexto valor, la utilidad, de índole mayormente técnica, por lo que Kuhn no lo incluyó en su lista inicial de “valores de la ciencia”. También subrayó que ninguno de esos criterios basta por sí mismo para dilucidar si una teoría es buena o no y, por supuesto, tampoco para decidir si es verdadera o falsa. Sin embargo, los cinco son requisitos axiológicos exigibles a toda teoría científica, es decir, condiciones necesarias, pero no suficientes.


Según Kuhn, “[,,,] una teoría debe ser precisa: esto es, dentro de su dominio, las consecuencias deducibles de ella deben estar en acuerdo demostrado con los resultados de los experimentos y las observaciones existentes. En segundo lugar, una teoría debe ser coherente, no sólo de manera interna o consigo misma, sino también con otras teorías aceptadas y aplicables a aspectos relacionables de la naturaleza. Tercero, debe ser amplia: en particular las consecuencias de una teoría deben extenderse más allá de las observaciones, leyes o subteorías particulares para las que se destinó en un principio. Cuarto, e íntimamente relacionado con lo anterior, debe ser simple, ordenar fenómenos que, sin ella, y tomados uno por uno, estarían aislados y, en conjunto, serían confusos. Quinto -aspecto algo menos frecuente, pero de importancia especial para las decisiones científicas reales-, una teoría debe ser fecunda, esto es, debe dar lugar a nuevos resultados de investigación: debe revelar fenómenos nuevos o relaciones no observadas antes entre las cosas que ya se saben.” […] “toda elección individual entre teorías rivales depende de una mezcla de factores objetivos y subjetivos, o de criterios compartidos y criterios individuales. Como esos últimos no han figurado en la filosofía de la ciencia, mi insistencia en ellos ha hecho que mis críticos no vean mi creencia en los factores objetivos.”


En su libro Reason, Truth and History (1981), Hilary Putnam no sólo negó la dicotomía positivista entre hechos y valores, sino que afirmó tajantemente que no hay hechos científicos ni mundo sin valores. Según Putnam, “sin los valores cognitivos de coherencia, simplicidad y eficacia instrumental no tenemos ni mundo ni hechos”


En 1984 Larry Laudan publicó un libro con el sugestivo título Science andValues, pero desde las primeras páginas anunciaba que no iba a ocuparse de las relaciones entre la ciencia y la ética, sino que se centraría exclusivamente en los valores epistémicos:


“No tengo nada que decir sobre los valores éticos como tales, puesto que manifiestamente no son los valores predominantes en la empresa científica. Ello no equivale a decir que la ética juegue papel alguno en la ciencia; por el contrario, los valores éticos siempre están presentes en las decisiones de los científicos y, de manera muy ocasional, su influencia es de gran importancia. Pero dicha importancia se convierte en insignificancia cuando se compara con el papel omnipresente (ubiquitous)de los valores cognitivos. Una de las funciones de este libro consiste en corregir el desequilibrio que ha llevado a tantos escritores recientes sobre la ciencia a estar preocupados por la moralidad científica más que por la racionalidad científica, que será mi tema central.”


En relación a los criterios axiológicos que se utilizan para evaluar las teorías y los problemas, Laudan sólo se ocupa de los valores epistémicos (verdad, coherencia, simplicidad y fecundidad predictiva) o, como también dice, de la «evaluación cognoscitivamente racional». Puede haber problemas muy importantes desde un punto de vista político o económico, pero éstos pertenecen a «las dimensiones no racionales de la evaluación de problemas»

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Fuentes
Echeverría, Javier (1995): El pluralismo axiológico de la ciencia. Isegoria 12: 44-79
Echeverría, Javier (2002): Ciencia y Valores; Barcelona, Ediciones Destino.
Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

 

Reproducido de Cuaderno de Cultura Científica

11
Nov
2018

 valores ciencia 4

Como hemos visto en la anotación anterior (Merton, 1938), la ciencia dejó de ser inmune al ataque, las restricciones y la represión. Antaño la fe de la cultura occidental en la ciencia había sido ilimitada, indiscutida y sin rival. Hace 350 años, cuando la institución de la ciencia poseía escasos títulos propios para reclamar apoyo social, también los filósofos de la naturaleza tuvieron que justificar la ciencia como un medio para lograr los fines culturalmente convalidados de la utilidad económica y la glorificación de Dios. La actividad científica, pues, no era un valor evidente por sí mismo. Pero con la interminable serie de éxitos, lo instrumental se transformó en lo final, el medio en el objetivo. Así fortalecido, el científico llegó a considerarse independiente de la sociedad, y a la ciencia como una empresa que se validaba a sí misma, que estaba en la sociedad pero que no le pertenecía. La revuelta contra la ciencia, sin embargo, obligó a que científicos y legos, por igual, le prestasen su atención.
Los ataques incipientes y manifiestos contra la integridad de la ciencia condujeron a los científicos a reconocer su dependencia de tipos particulares de estructura social. Las asociaciones de científicos han venido dedicado manifiestos y declaraciones a las relaciones entre la ciencia y la sociedad. La crisis invitó a una autoevaluación. Al tener que enfrentarse a los desafíos a su modo de vida, los científicos se vieron obligados a tomar conciencia de sí mismos, como elementos que forman parte de la sociedad y que tienen obligaciones e intereses. Los científicos se vieron obligados a justificar ante la sociedad los modos de obrar de la ciencia.
Así pues, tras indagar acerca de los motivos por los que la empresa científica empezó a ser cuestionada, Merton (1942) pasó a analizar la estructura normativa de la ciencia. Intentó, de esta forma, identificar los valores y las normas que guían la acción de los científicos, porque entendía que debían reexaminarse sus fundamentos, reformular sus objetivos y buscar una nueva justificación. La legitimación que alcanzó en el siglo XVII y que mantuvo durante los dos siglos siguientes, ya no era suficiente para garantizar la continuidad de la empresa científica.
La palabra “ciencia”, según Merton (1942) se refiere a una variedad de cosas distintas, aunque relacionadas entre sí. Normalmente se utiliza para denotar: (1) un conjunto de métodos característicos mediante los cuales se certifica eI conocimiento; (2) un acervo de conocimiento acumulado que surge de la aplicación de estos métodos; (3) un conjunto de valores y normas culturales que gobiernan las actividades científicas; (4) cualquier combinación de los elementos anteriores. Aquí nos ocuparemos, de manera preliminar, de la estructura cultural de la ciencia, esto es, de un aspecto limitado de la ciencia como institución.
Es a esas normas a las que se referirá Merton (1942) a continuación, normas que dejará formuladas y que desde entonces se han considerado una referencia fundamental en todos los estudios que han abordado el asunto de los valores de la ciencia. Se las denomina, de hecho, “normas mertonianas”.
En expresión de quien acuñó la fórmula, “el ethos de la ciencia es ese complejo, con resonancias afectivas, de valores y normas que se consideran obligatorios para el hombre de ciencia. Las normas se expresan en forma de prescripciones, proscripciones, preferencias y permisos. Se las legitima en base a valores institucionales. Estos imperativos, trasmitidos por el precepto y el ejemplo, y reforzados por sanciones, son internalizados en grados diversos por el científico, moldeando su conciencia científica. Aunque el ethos de la ciencia no ha sido codificado, se lo puede inferir del consenso moral de los científicos tal como se expresa en el uso y la costumbre, en innumerables escritos sobre el espíritu científico y en la indignación moral dirigida contra las violaciones del ethos”.
Para Merton (1942), el fin institucional de la ciencia es el crecimiento del conocimiento certificado. Y los métodos empleados para alcanzar ese fin proporcionan la definición de conocimiento apropiada: enunciados de regularidades empíricamente confirmados y lógicamente coherentes (que son, en efecto, predicciones). Los imperativos institucionales (normas) derivan del objetivo y los métodos. Toda la estructura de normas técnicas y morales conducen al objetivo final. La norma técnica de la prueba empírica adecuada y confiable es un requisito para la constante predicción verdadera; la norma técnica de la coherencia lógica es un requisito para la predicción sistemática y válida. Las normas de la ciencia poseen una justificación metodológica, pero son obligatorias, no sólo porque constituyen un procedimiento eficiente, sino también porque se las cree correctas y buenas. Son prescripciones morales tanto como técnicas.
Si la comunidad científica comparte un proyecto común –la construcción de un cuerpo de conocimiento certificado o fiable acerca del mundo y de cómo funciona-, las normas que Merton (1942) identificó son algo parecido a los valores compartidos por esa comunidad, valores que son considerados esenciales. Una interpretación actualizada de las normas mertonianas, es la que propone el físico John Ziman (2000), y que se presenta a continuación.
• Universalismo.Lo importante en la ciencia no es quién la practica, sino su contenido, los conocimientos que adquirimos acerca del mundo y de los fenómenos que ocurren en él.Todos pueden contribuir a la ciencia con independencia de su raza, nacionalidad, cultura o género. Y por lo tanto, todos han de ser tratados como potenciales contribuyentes a la ciencia.
• Comunismo. No se trata del comunismo entendido como ideología política, sino de un punto de vista según el cuál, el conocimiento científico debería ser compartido por el conjunto de la comunidad científica, con independencia de qué parte de los descubrimientos han sido hechos por unos u otros científicos. Así pues, todos los científicos deberían tener el mismo acceso a los bienes científicos y debería haber un sentido de propiedad común al objeto de promover la colaboración. El secretismo es lo opuesto a esta norma, puesto que el conocimiento que se oculta, que no se hace público no es de ninguna ayuda en el cumplimiento del objetivo de la comunidad, que el conocimiento certificado crezca.
• Desinterés.Se supone que los científicos actúan en beneficio de una empresa científica común, más que por ganancia personal. No obstante, no debe confundirse este “desinterés” con altruismo. De lo que se trata es de que los beneficios que puedan proporcionar los descubrimientos científicos, sin dejar de favorecer a quien los realice, no deben entorpecer o dificultar la consecución del objetivo institucional de la ciencia: la extensión del conocimiento cretificado.
• Escepticismo organizado. El escepticismo quiere decir que las declaraciones o pretensiones científicas deben ser expuestas al escrutinio crítico antes de ser aceptadas. Este es el valor que compensa el universalismo. Todos los miembros de la comunidad científica pueden formular hipótesis o teorías científicas, pero cada una de ellas debe ser evaluada, sometida al filtro de la prueba o la refutación para comprobar si se sostiene. Las propuestas que superan esa prueba con éxito pasan a formar parte del bagaje universal de conocimiento científico. El escepticismo es el valor que permite que funciones el del desinterés, porque sin escepticismo es más fácil caer en la tentación de anteponer el interés personal al del conjunto de la comunidad científica.
Las normas mertonianas son las que los científicos creen que deberían seguir, lo que creen que les es permitido hacer, y lo que sería bueno para ellos que hicieran. En otras palabras, por normas no se identifica lo que los científicos hacen normalmente, no necesariamente al menos; a veces lo que hacen no satisface lo que piensan que deberían hacer. Pero eso no quiere decir que a los científicos se les dé un manual que incluye las normas de Merton. Ellos las adquieren prestando atención a lo que hacen otros científicos en su comunidad, qué comportamientos castigan y cuáles premian.
Fuentes
Merton, Robert K (1938): “Science and the Social Order” Philosophy of Science 5 (3): 321-337. [Traducción al español como “La ciencia y el orden social” en el volumen II de “La Sociología de la Ciencia” Alianza Editorial 1977, traducción de The Sociology of Science – Theoretical and Empirical Investigations, 1973]
Merton, Robert K (1942): “Science and Technology in a Democratic Order” Journal of Legal and Political Sociology 1: 115-126. [Traducción al español como “La estructura normativa de la ciencia” en el volumen II de “La Sociología de la Ciencia” Alianza Editorial 1977, traducción de The Sociology of Science – Theoretical and Empirical Investigations, 1973]
Ziman, John (2000). Real Science: What It Is and What It Means. Cambridge University Press.
Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

 

Reproducido de Cuaderno de Cultura Científica

08
Nov
2018

 valores ciencia 2

Como señalé en la anotación anterior, fue R K Merton quien introdujo de forma explícita la noción de los valores en la esfera de la ciencia. Antes de formular la teoría de que existe un ethos de la ciencia, que es en relación con la cuál se hace referencia a expresa a un conjunto de valores, Merton (1938) desarrolló una tesis que tuvo en su día una gran influencia en relación con el contexto social, político y, sobre todo, religioso en que se produce la aparición de la ciencia moderna, en Inglaterra durante el siglo XVII. Como se verá, un elemento importante de esa teoría se refiere a la legitimación social que alcanzó la ciencia entonces y que después mantuvo hasta las primeras décadas del siglo XX. Y esa es la razón por la que me parece pertinente hacer aquí una breve incursión en ese terreno. Presento a continuación una síntesis de las ideas desarrolladas por el sociólogo norteamericano.
Durante el siglo XVII la religión era la fuente principal del sistema de valores dominantes. Por ello, se vieron favorecidas aquellas actividades que, por las razones que fuesen, se caracterizaban por unos valores que también eran los de la religión. Ese fue el caso, según Merton (1938), de la ciencia, por lo que las convicciones religiosas de la época contribuyeron a su emergencia o, al menos, constituyeron una suerte de estímulo para ella; dicho de otra forma, fueron las implicaciones psicológicas del sistema puritano de valores las que habrían promovido la adhesión social a la ciencia en la Inglaterra del siglo XVII.
Los sentimientos y creencias puritanas que promovían un trabajo infatigable y una aproximación racional a los problemas fueron factores de éxito económico. Y esa misma relación puede aplicarse a la relación entre el puritanismo y la ciencia, puesto que esos mismos factores son determinantes del éxito de la empresa científica. Probablemente debido a ello también, los protestantes experimentaron un profundo y consistente interés en el progreso de la ciencia.
Por otro lado, el puritanismo había atribuido una utilidad triple a la ciencia. Servía, en primer lugar, para disponer de pruebas prácticas del estado de gracia del científico1. En segundo lugar, la ciencia permitía ampliar el control humano sobre la naturaleza. Y por último, la ciencia se veía como un medio adecuado para glorificar a Dios.
La exaltación de la facultad de la razón en el ethos puritano –por considerar que la racionalidad atenúa las pasiones- condujo inevitablemente a una actitud de simpatía hacia aquellas actividades que demandan la aplicación constante del razonamiento riguroso. Por otra parte, la insistencia puritana en el empirismo, basado en la aproximación experimental, tenía mucho que ver con el rechazo de la contemplación, ya que se identificaba ésta con la ociosidad. Y por lo mismo, también tenía que ver con la relación estrecha que se establecía entre el gasto de energía física y el manejo de objetos materiales, por un lado, y el trabajo por el otro.
Además de lo anterior, hay otro factor que explicaría la relación entre el puritanismo y la ciencia, quizás de la misma importancia que el anterior, aunque más sutil y más difícil de apreciar. En cada época hay un sistema de ciencia que descansa sobre un conjunto de supuestos, normalmente implícitos y muy raramente cuestionados por la mayor parte de los científicos de ese tiempo. El supuesto básico en la ciencia moderna es una convicción muy extendida en la existencia de un Orden de las Cosas y, en particular, un Orden en la Naturaleza, aunque esa creencia, en realidad, es eso, una fe, y en tanto que tal, del todo inmune a la demanda de examen racional.
Paradójicamente, esa fe en la capacidad de la ciencia, muy anterior al desarrollo de la ciencia moderna, es una derivada inconsciente de la teología medieval. Esa condición era un prerrequisito para que surgiera la ciencia moderna, pues sin la creencia en ese Orden de la Naturaleza y lo que es lo mismo, en la existencia de Leyes de la Naturaleza, no hubiera habido un estímulo intelectual suficiente para que los filósofos naturales emprendiesen la tarea científica. Pero siendo necesario el prerrequisito, no era suficiente para provocar su desarrollo. Se necesitaba, además, un interés constante en buscar ese orden de la naturaleza de una forma empírica y racional, esto es, un interés activo en este mundo y sus fenómenos además de una aproximación específicamente empírica al mismo. Con el protestantismo la religión proporcionó ese interés; impuso obligaciones de concentración intensa en la actividad secular con un énfasis en la experiencia y la razón como bases para la acción y la creencia.
Fuente
Merton, Robert K (1938): “Motive Forces of the New Science” in Science, Technology and Society in Seventeenth-Century England, pp.: 80-102, 104-110. [Traducción al español: “El estímulo puritano a la ciencia” en el volumen II de “La Sociología de la Ciencia”, Alianza Editorial 1977, traducción de The Sociology of Science – Theoretical and Empirical Investigations, 1973]

Reproducido de Cuaderno de Cultura Científica

 

09
Nov
2018

 valores ciencia 3

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el mismo año que se había publicado el ensayo sobre la relación entre la ciencia moderna y el protestantismo glosado en la anotación previa, Merton (1938) publicó una conferencia que había pronunciado en diciembre del año anterior ante la American Sociological Society. En la conferencia se refirió a los ataques que había recibido la ciencia en los años anteriores y expuso una serie de ideas acerca de los motivos por los que, a su entender, se estaban produciendo esos ataques. Sintetizo a continuación los puntos más significativos de su trabajo.
Parte de la base de que hace falta que haya personas interesadas en dedicarse a la investigación científica para que haya ciencia. Pero como eso es algo que requiere una serie de condiciones culturales, es importante conocer qué es lo que motiva que se inicie una carrera científica y cuáles son los factores que la pueden obstaculizar o impedir.
Por otro lado, cree que la hostilidad hacia la ciencia tiene un origen doble. El primero sería que los resultados o métodos de la ciencia sean contrarios a determinados valores sociales. O sea, si hay ciertos valores que son mayoritariamente compartidos en la sociedad y la ciencia se percibe como contraria a esos valores, ello sería una fuente de hostilidad. Y el segundo descansa en la sensación de incompatibilidad entre los sentimientos que encarna el ethos científico y los que se encuentran en otras instituciones. De la misma forma, también puede ocurrir lo contrario; por esa razón, la posición de la ciencia puede ser analizada como la resultante de dos conjuntos de factores en conflicto, que apoyan o son contrarios a la ciencia como actividad social a gran escala.
Merton (1938) pone como ejemplo la situación que se produjo en la Alemania nazi a partir de 1933, donde las trabas a la ciencia fueron un subproducto de la ideología nacionalsocialista1. Además, en las instituciones –universidades incluidas- de la Alemania del III Reich había un tono general antiintelectual, por su desprecio del teórico y su glorificación del hombre de acción. Y ese tono, no exclusivo de Alemania además, podía tener consecuencias de largo alcance.
Por otra parte, en los estados totalitarios se exige máxima lealtad al propio Estado, lo que implica, en el caso de los científicos, tener que renunciar a las normas institucionales que entran en conflicto con las de aquél. Las normas del ethos científico deben ser sacrificadas, en tanto exigen repudiar los criterios de validez científica o mérito científico impuestos políticamente. En un orden liberal, sin embargo, la limitación de la ciencia no se produce de esa forma, ya que las instituciones que no son políticas gozan de una considerable autonomía.
Pero la situación que se produjo en Alemania no es la única que pudo dar lugar a actitudes de hostilidad hacia la ciencia. Merton (1938) señala que a menudo los científicos defienden el carácter “puro” de la ciencia, y lo hacen al objeto de preservar su autonomía de elementos extraños como las doctrinas religiosas, la utilidad económica, o la conveniencia política. Por lo tanto, se defiende la pureza de la ciencia para evitar que se limiten las direcciones de su potencial avance y amenacen la estabilidad y continuidad de la investigación científica valorada socialmente. El criterio tecnológico del logro científico también tiene una función social para la ciencia, pues los bienes y productos que ofrece la tecnología -y, en última instancia, también la ciencia- promueven el apoyo social a la misma. La razón es clara: el público difícilmente está en condiciones de comprender el trabajo científico y sus resultados, por lo que la gente no puede evaluarlos directamente; lo que sí puede hacer, sin embargo, es valorar los productos que genera. Esa es, en definitiva, una forma de hacer intelectualmente comprensible una práctica que, de otra forma, sería inaccesible.
Pero ocurre que el énfasis en su pureza ha tenido también efectos negativos para la ciencia. Como consecuencia de esa actitud los científicos, al no poder controlar su posterior desarrollo, se desentienden y no se hacen responsables de los usos posteriores que pueda hacerse de sus descubrimientos. Y si esos usos tecnológicos generan rechazo en la población, el rechazo alcanzará finalmente también a la empresa científica en su conjunto. Los motivos pueden ser muy variados, desde la oposición a los usos bélicos hasta el efecto de la tecnología sobre el medio ambiente o el mercado de trabajo. Pero el caso es que sean cuales sean esos motivos o lo justificados que estén, la oposición a la ciencia es su consecuencia. Así pues, la preocupación por el objetivo primario –la promoción del conocimiento por su valor intrínseco, preservando su pureza- está asociada a una desatención hacia las consecuencias que están al margen del interés inmediato, pero sus resultados pueden provocar una reacción tal que pueden obstaculizarse las metas originales. Por lo tanto, los efectos de la investigación científica, dado que no se realiza en un vacío social, se ramifican en otras esferas de valores e intereses. En expresión de Merton “el principio de la ciencia pura y desinteresada ha contribuido a elaborar su propio epitafio”.
Otro mecanismo potencialmente generador de hostilidad hacia la ciencia, según Merton (1938), es la enorme distancia que hay entre los científicos y los legos en cuanto al grado de comprensión de los asuntos de naturaleza científica. Hay toda una panoplia de conceptos –los que son propios de la Teoría de la Relatividad o de la Mecánica Cuántica, por ejemplo- que resultan completamente ajenos a la experiencia cotidiana de la gente. Es cierto que en la medida en que esos conceptos científicos estén vinculados a la consecución de determinados logros tecnológicos, el público está dispuesto a darlos por buenos. Pero esa distancia implica que para la mayor parte de la gente la ciencia está unida a una terminología esotérica. Y una vez que se dan por buenos conceptos expresados mediante esa terminología, otras ideas que carecen realmente de sentido o de fundamentación científica pueden encontrar una cierta aceptación si se expresan mediante una terminología más sencilla o de similar nivel esotérico, sobre todo si están más cerca de la experiencia cotidiana o de los prejuicios culturales. Por esa razón, el avance científico facilita que la población se adhiera a un nuevo misticismo si va envuelto en una jerga aparentemente científica. De ese modo, la autoridad que la ciencia otorga a sus logros puede acabar al servicio de la doctrinas no científicas si son capaces de apropiarse de su prestigio.
Y por último, un tercer mecanismo susceptible de alimentar actitudes anticientíficas tiene su origen en otro rasgo de la ciencia, como es el constituir sistema de escepticismo organizado que, en muchas ocasiones, se convierte en iconoclastia. El escepticismo organizado cuestiona de manera latente ciertas bases de la rutina establecida, la autoridad, los procedimientos establecidos y lo sagrado en general. Aunque indagar acerca de la génesis de creencias y valores no significa que se niegue su validez, lo cierto es que es así como se interpreta en muchas ocasiones. De esa forma, la ciencia entra en conflicto psicológico –no necesariamente lógico- con otras actitudes y formas de aprehender la realidad. Ese fenómeno explicaría la oposición a lo que se interpreta como intrusión de la ciencia en otras esferas, ya sean de orden político, económico, religioso o de cualquier otra naturaleza. En otras palabras, el escepticismo es considerado como una amenaza al status quo y frente a esa amenaza se produce una reacción de hostilidad.
Hasta aquí la síntesis de la tesis mertoniana sobre la hostilidad a la ciencia. De la cosecha del autor de esta anotación: repare el lector en que prácticamente todos los aspectos de esta cuestión -que fue tratada hace ochenta años-, están plenamente vigentes en la actualidad, aunque la hostilidad a la ciencia proceda hoy de entornos (quizás) diferentes.
Fuente
Merton, Robert K (1938): “Science and the Social Order” Philosophy of Science 5 (3): 321-337. [Traducción al español como “La ciencia y el orden social” en el volumen II de “La Sociología de la Ciencia” Alianza Editorial 1977, traducción de The Sociology of Science – Theoretical and Empirical Investigations, 1973]
Nota:
1Por ejemplo, todas las personas que no cumplían los criterios raciales de ascendencia aria fueron expulsadas de universidades e institutos; fueron muchos los científicos que no los cumplían.
Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

 

Reproducido de Cuaderno de Cultura Científica

 

07
Nov
2018

valores ciencia 1

A finales de siglo XIX y comienzos del siglo XX los valores no desempeñaban ningún papel en el desarrollo de la ciencia. La noción de ciencia neutra, carente de valores se remonta al siglo XVII, a la creación de la Royal Society londinense. Según el Royalist Compromise, el acuerdo con la corona británica, recogió el compromiso de ésta de permitir a los miembros de la Sociedad investigar en libertad siempre que no se involucrasen en asuntos religiosos, políticos y morales.
Hume, el más importante filósofo empirista, diferenciaba tres tipos de filosofía, Filosofía natural (Ciencia), Filosofía práctica (Ética) y Semiótica (o Lógica), y sostuvo que son completamente diferentes unas de las otras. Para las posiciones empiristas la falacia naturalista sigue siendo un criterio de evaluación filosófica: a partir de aserciones factuales no se pueden implicar aserciones morales. Los científicos pueden conjugar el verbo ser, pero no deben usar la expresión deber ser.
Ya en el siglo XIX, en su Catecismo positivista, Auguste Comte afirmó que la ciencia tiene que ver con los hechos, no con los valores. Max Weber trasladó ese postulado a las ciencias sociales. Según él, también los economistas y los sociólogos deben adoptar una postura neutral cuando investigan. La ciencia ha de buscar la objetividad y por eso ha de describir, comprender y explicar los hechos, pero sin emitir juicios de valor. En la tradición empirista y positivista, esos juicios son subjetivos, por eso caen fuera del discurso científico. En su Tractatus logico-philosophicus (1921), Wittgenstein mantuvo tesis más radicales: «En el mundo todo es como es y sucede como sucede, en él no hay ningún valor, y aunque lo hubiese no tendría ningún valor». Los valores no existen en el mundo objetivo, los aportan los sujetos, sean individuales o colectivos. En su libro Religión y Ciencia, Russell afirmó tajantemente que “cuestiones como los “valores” se encuentran fuera del dominio de la ciencia”, e incluso que “están enteramente fuera del dominio del conocimiento; es decir, cuando afirmamos que esto o aquello tiene “valor”, estamos dando expresión a nuestras propias emociones, no a un hecho que seguiría siendo cierto aunque nuestros sentimientos personales fueran diferentes”. Concluyó que “si es cierto que la ciencia no decide cuestiones de valor, es porque escapan en absoluto a la decisión intelectual y se encuentran fuera del reino de la verdad y la falsedad. Todo conocimiento accesible debe ser alcanzado por métodos científicos, y lo que la ciencia no alcanza a descubrir, la humanidad no logra conocerlo”. Científicos tan prestigiosos como Poincaré, Einstein y otros muchos sostuvieron tesis similares, al igual que los filósofos de la ciencia de la corriente positivista. Y todavía en 1974, Quine recordaba que “la teoría científica se mantiene orgullosa y manifiestamente alejada de juicios de valor”.
Pero tal y como mostró Hilary Putnam (2002), esa dicotomía entre hechos y valores se derrumbó a lo largo del siglo XX. Hay dos causas principales de este giro. Por un lado, la noción de valor ha ampliado su significado. Por otro, la propia ciencia se ha transformado radicalmente, sobre todo a partir de la II Guerra Mundial. La primera gran grieta en el muro conceptual que habían levantado los filósofos empiristas y los propios científicos la abrió Robert K. Merton, a quien se atribuye la condición de fundador de la sociología de la ciencia. Merton, a partir de un análisis histórico del contexto social, político y religioso en que se produjo la llamada “revolución científica”, llegó a la conclusión de que la actividad científica y, más concretamente, su legitimación social, tenía mucho que ver con un conjunto de normas y valores que guían la labor de los científicos y al que denominó “ethos de la ciencia”. Volveremos más adelante sobre este asunto.
Llegados a este punto conviene hacer una petición de principio. Porque en este texto se ha manejado la noción de valores cuando en ningún momento se ha ofrecido una definición de la misma. En efecto, antes de seguir adelante es importante tratar de aclarar la cuestión de qué se entiende por valores y, como veremos, no va a ser tarea fácil. Nos enfrentamos a un término ciertamente elusivo. Es, de hecho, difícil definir qué es un valor, puesto que al respecto hay definiciones muy heterogéneas; y también es difícil clasificar los valores.
Según Echeverría (2002), los valores de la ciencia son considerados como funciones que guían y orientan las acciones científicas. Los valores son utilizados como ideal regulativo de las acciones, incluso como fundamento de la ética; parece que los valores son el motor, y no sólo la guardia o la inspiración, de cualquier empresa (Menéndez Viso, 2002). Pero el mismo Menéndez Viso (2005) señala que no es posible contar con una definición precisa del término, y añade que si los valores han de servir como principio explicativo, han de estar bien definidos, no pueden ser ellos mismos términos confusos. Pero lo son. No está claro si son principios, entidades, cualidades, funciones, o bienes, por ejemplo. En realidad, con un pequeño esfuerzo, el análisis de la literatura permite identificar los siguientes sinónimos de valores: virtudes, bienes, normas, fines, derechos, o dogmas.
Según ese mismo autor (Menéndez Viso, 2005), el término valores se utiliza porque hay ciertas nociones, como la virtud, la verdad, el bien o la belleza, que no resulta cómodo enunciar: hacerlo produce una cierta vergüenza. Y sin embargo, como las nociones en cuestión son básicas y todos nos referimos a ellas en infinidad de contextos, se recurre a un eufemismo que es el de los valores. La proliferación del uso de la noción de los valores se da gracias a un curioso giro semántico del término que, además de a su número, afecta al verbo que lo acompaña. Hasta finales del s. XIX las cosas tenían valor; a partir de entonces, y cada vez más, las cosas son valores.
Comparto la perplejidad que manifiesta Menéndez Viso en relación con este asunto y, como se verá en anotaciones posteriores, no creo que se trate de una perplejidad injustificada. No obstante, y puesto que, con propiedad o sin ella, la noción de los valores tiene amplísimo uso, seguiremos adelante, si bien es importante no perder de vista estas observaciones.
Fuentes
Echeverría, Javier (1995): El pluralismo axiológico de la ciencia. Isegoria 12: 44-79
Echeverría, Javier (2002): Ciencia y Valores; Barcelona, Ediciones Destino.
Echeverría, Javier (2014): Los valores de las ciencias: Del ideal de neutralidad del siglo XIX a la supremacía actual de la innovación. Investigación y Ciencia nº 452, mayo, pp.: 2-3
Menéndez Viso, Armando (2002): Valores ¿ser o tener? Argumentos de Razón Técnica nº 5: 223-238
Menéndez Viso, Armando (2005): Las ciencias y el origen de los valores Siglo XXI, Madrid
Putnam, Hilary (2002): The Collapse of the Fact/Value Dichotomy and Other Essays. Harvard University Press, Cambridge, Mass. [Traducción al español: El desplome de la dicotomía hecho/ valor y otros ensayos, Paidós Ibérica, Barcelona (2004)]
Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

Reproducido de Cuaderno de Cultura Científica

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