A raíz de los últimos incendios de este 2026 en España, ha surgido debate en las redes sociales sobre la eficacia del paisaje mosaico como herramienta para gestionar los incendios forestales.
Algunas voces que han planteado lo siguiente: si el mosaico agroforestal contribuye a reducir la propagación del fuego y facilita las tareas de extinción, ¿porque hemos visto arder también territorios organizados en mosaico, incluidas zonas abiertas o adehesadas?
A continuación, analizaremos qué ha sucedido, por qué las estrategias habituales encuentran sus límites y cómo podemos hacer frente a esta situación.
Los robles pueden seguir capturando carbono mucho después de dejar de crecer, lo que plantea nuevas preguntas sobre cuánto carbono pueden almacenar realmente los bosques.
Fecha:
9 de julio de 2026
Fuente:
Escuela de Clima de Columbia
Resumen:
Los robles siguen absorbiendo dióxido de carbono mucho después de que su crecimiento anual haya finalizado, lo que revela que la fotosíntesis y la producción de madera no están tan estrechamente relacionadas como creían los científicos. El hallazgo podría cambiar las previsiones sobre cuánto carbono podrán almacenar los bosques en un futuro más cálido.
HISTORIA COMPLETA
Los árboles no necesariamente siguen creciendo tanto tiempo como siguen haciendo la fotosíntesis, según un nuevo estudio publicado en Science Advances. Los investigadores descubrieron que los robles continúan absorbiendo dióxido de carbono mucho después de haber finalizado su crecimiento anual, lo que sugiere que los bosques pueden almacenar menos carbono en la madera del que muchos modelos climáticos predicen actualmente.
El descubrimiento desafía una suposición de larga data que sostiene que tasas más altas de fotosíntesis conducen naturalmente a un mayor crecimiento de los árboles. Si los árboles siguen absorbiendo carbono sin convertir mucho en madera nueva, puede quedar menos carbono a largo plazo.
Los árboles siguen capturando carbono después de que el crecimiento se detiene
Los bosques desempeñan un papel fundamental en la frenación del cambio climático porque los árboles eliminan el dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera y almacenan gran parte de ella en sus troncos, ramas y raíces. Los científicos han esperado generalmente que el aumento del CO atmosférico2 Los niveles potenciarían la fotosíntesis, lo que conduciría a un crecimiento más rápido y a un mayor almacenamiento de carbono a largo plazo.
Los nuevos hallazgos sugieren que la relación es más complicada. Aunque los árboles pueden seguir absorbiendo carbono adicional, gran parte de este no necesariamente se convierte en madera nueva. En cambio, ese carbono puede usarse para producir hojas, alimentar procesos metabólicos de corta duración o cumplir otras funciones, reduciendo la cantidad de carbono almacenada en los bosques en comparación con las expectativas anteriores.
Los resultados podrían tener importantes implicaciones para la predicción climática.
"Ahora mismo, la mayoría de los modelos asumen que si tienes fotosíntesis, tienes crecimiento. Comprobamos que no es así", dice el autor principal Mukund Palat Rao, ecoclimatólogo del Observatorio Terrestre Lamont-Doherty, que forma parte de la Escuela de Clima de Columbia. "Que haya más fotosíntesis no significa necesariamente más crecimiento de árboles en el futuro."
Por qué la fotosíntesis y el crecimiento son diferentes
Durante la fotosíntesis, las plantas utilizan la luz solar para convertir el CO2 y el agua en azúcares mientras libera osígeno de nuevo a la atmósfera. El carbono capturado permanece dentro de la planta, pero no se utiliza todo para construir madera.
Parte de ese carbono se convierte en tejido leñoso en el tronco, las ramas y las raíces, donde puede permanecer almacenado durante décadas, siglos o incluso milenios. El resto apoya la producción de hojas y frutos, se almacena temporalmente como almidón o se convierte en compuestos liberados en el suelo para nutrir comunidades microbianas, mejorar la absorción de nutrientes y ayudar a proteger el árbol contra enfermedades.
Dado que la madera almacena carbono durante períodos tan largos, entender cuánto carbono capturado mediante la fotosíntesis se convierte finalmente en biomasa leñosa es fundamental para estimar cómo los bosques ayudan a frenar el cambio climático.
"Entender cómo están vinculadas la fotosíntesis y el crecimiento es muy importante desde la perspectiva de cómo los bosques almacenarán carbono a largo plazo", dice Rao.
Rastreo de árboles por todo Estados Unidos
Los científicos sospechaban previamente que la absorción de carbono y el crecimiento de los árboles no siempre estaban sincronizados, pero había muy pocas observaciones detalladas para entender completamente por qué.
Para investigar, Rao y sus colegas combinaron varias fuentes de datos. Analizaron imágenes satelitales capaces de detectar la fotosíntesis en 137 yacimientos de bosques de robles en el este de Estados Unidos y California. También usaban instrumentos que medían el CO2 niveles en las copas de los árboles cada hora y sensores conectados a los troncos que rastreaban pequeños cambios en el tamaño del tronco a lo largo del día. (Los árboles tienden a expandirse por la noche cuando las raíces absorben agua, y luego se encogen ligeramente durante el día al absorber agua, y la trayectoria a largo plazo contribuye al crecimiento.) El equipo también incorporó registros de anillos de árboles y datos de temperatura que abarcan desde 1950 hasta la actualidad.
En conjunto, estos conjuntos de datos proporcionaban mediciones diarias de la fotosíntesis, la absorción de carbono y el crecimiento de los árboles.
Los árboles dejan de crecer meses antes de que termine la fotosíntesis
Los investigadores encontraron una clara separación entre crecimiento y fotosíntesis.
En los yacimientos del este de EE. UU., los robles solían crecer de mayo a julio, pero continuaban la fotosíntesis hasta octubre. Aproximadamente el 36 por ciento de su asimilación anual de carbono ocurrió después de que el crecimiento ya se hubiera detenido a finales del verano.
Los robles de California mostraron un calendario estacional diferente pero el mismo patrón general. El crecimiento generalmente ocurría entre diciembre y abril, luego se ralentizaba a mediados del verano y terminaba en agosto, aunque la fotosíntesis continuó. Aproximadamente el 26 por ciento de la absorción anual de carbono de los árboles ocurrió después de que el crecimiento cesara.
Según Rao, la explicación es sencilla. El crecimiento de los árboles depende de la presión interna del agua, y esa presión cae rápidamente durante condiciones calurosas y secas.
"En el momento en que hay condiciones secas y calurosas, la actividad de crecimiento se detiene casi instantáneamente mientras que la fotosíntesis parece continuar a un ritmo ligeramente menor", dice Rao.
¿Qué ocurre con el carbono extra?
Parte del carbono capturado tras el fin del crecimiento se conserva para ayudar a impulsar el crecimiento cuando comienza la siguiente temporada de crecimiento. El resto se utiliza para producir nuevas raíces y hojas o se oxida para mantener las células vivas funcionando durante el invierno.
Los investigadores aún no saben exactamente cuánto de ese carbono se convierte finalmente en biomasa leñosa a largo plazo frente a cuánto retorna a la atmósfera en periodos de tiempo más cortos. Sin embargo, los hallazgos sugieren que las proyecciones de bosques crecerían y almacenarían sustancialmente más carbono en un CO más cálido2 El mundo rico puede necesitar ser reconsiderado.
El equipo también descubrió que la desconexión entre la fotosíntesis y el crecimiento se hacía aún más fuerte durante los años en que el clima local oscilaba entre condiciones inusualmente húmedas y inusualmente secas. Dado que se espera que el cambio climático aumente este tipo de variabilidad en muchas regiones, el patrón podría volverse más común en el futuro.
Rao y sus colegas están ahora investigando si patrones similares ocurren en otras especies de árboles, ecosistemas forestales y climas. Espera que el grado de separación entre la fotosíntesis y el crecimiento varía según los diferentes bosques, pero afirma que muchas preguntas siguen sin respuesta.
"Todavía no tengo respuestas", dice. "Quedan muchas preguntas por resolver."
Fuente de la historia:
Materiales proporcionados por la Escuela de Clima de Columbia. Nota: El contenido puede editarse por motivos de estilo y extensión.
Referencia de la revista:
Mukund Palat Rao, Arturo Pacheco-Solana, Rong Li, Bar Oryan, Johanna E. Jensen, Milagros Rodriguez-Caton, Lily Klinek, Zoe A. Pierrat, Sophie Ruehr, Rose Oelkers, Laura E. Boeschoten, Kevin L. Griffin, M. Luke McCormack, Xi Yang, Joseph Verfaillie, Dennis Baldocchi, Jeremy Hise, Alexander J. Turner, Todd M. Scanlon, Laia Andreu-Hayles, Jan U. H. Eitel, Neil Pederson, Daniel Griffin, David Stahle, Justin T. Maxwell, Steven Voelker, Steven A. Kannenberg, Josep Peñuelas, Troy S. Magney. Asimilación desacoplada del carbono y respuestas de crecimiento a la aridez en encinos caducifolios templados. Avances en la Ciencia, 2026; 12 (24) DOI: 10.1126/sciadv.ady7139
Cita esta página: Diputado APA Chicago
Escuela de Clima de Columbia. "Los árboles siguen absorbiendo carbono mucho después de dejar de crecer." ScienceDaily. ScienceDaily, 9 de julio de 2026. <www.sciencedaily.com/lanzamientos/2026/07/260708022210.htm>.
Catedrática de Economía Aplicada, Universidade de Santiago de Compostela
Emilio Nogueira-Moure
Profesor interino, Universidade de Santiago de Compostela
Ante la creciente gravedad que están alcanzando los incendios forestales en España en este mes de julio de 2026, surge la pregunta sobre si los medios de extinción disponibles son suficientes. La respuesta es compleja, especialmente en situaciones de emergencia, cuando están en juego viviendas y vidas humanas. Sin embargo, existe un amplio consenso científico que indica que la clave no reside en aumentar los recursos destinados a la extinción, sino en invertir más en prevención y gestión del territorio.
¿Cuánto se gasta en extinción?
La percepción generalizada en momentos de emergencia es que se necesitan más aviones o brigadas para combatir el fuego. No obstante, la realidad es que ya se destina una cuantía muy elevada del presupuesto público a este fin. El caso de España es paradigmático: dispone de un sólido sistema de extinción que absorbe un creciente presupuesto y, pese a ello, registra un aumento de grandes incendios de elevada peligrosidad.
En España, la gestión de los incendios forestales es una competencia descentralizada en la que cada comunidad autónoma tiene la responsabilidad exclusiva de la gestión forestal y de diseñar sus planes anuales de prevención y extinción.
Al no existir un fondo único, los presupuestos dependen de las decisiones de cada comunidad, la información disponible está fragmentada y es difícilmente comparable, ya que los criterios de imputación del gasto no son homogéneos. Asimismo, existe falta de transparencia y gran dificultad de acceso a la información sobre los gastos ejecutados. Esto impide, en la práctica, llevar a cabo análisis rigurosos de la eficiencia y eficacia de las políticas de extinción.
Teniendo en cuenta estas limitaciones, cualquier aproximación al gasto total debe interpretarse con cautela. Con esta salvedad, según los datos disponibles que hemos podido consultar, en Cataluña el presupuesto para prevención y extinción de incendios forestales en 2025 fue de 327 millones de euros. Este año, la Generalitat Valenciana destinará 298,47 millones de euros a este fin; Andalucía, 271 millones y Galicia, 213 millones.
El presupuesto total estimado para el conjunto del Estado podría superar los 1 800 millones de euros anuales. De ellos, alrededor del 78 % se destina a labores de extinción y el 22 % a prevención.
Por su parte, la Administración General del Estado ejerce funciones de apoyo y coordinación a través del Ministerio para la Transición Ecológica, para lo que destina unos 109 millones de euros.
A todo esto hay que añadir el coste de los medios empleados en tareas de logística, seguridad y evacuación y los gastos soportados por administraciones locales, además de los recursos activados a través del Mecanismo de Protección Civil de la UE, no financiados con estas partidas presupuestarias.
La reciente declaración de emergencia de interés nacional como consecuencia de los incendios de la Comunidad de Madrid, Ávila y Toledo –la segunda vez que se activa en España y la primera motivada por incendios– constituye un ejemplo de la movilización de todos los recursos necesarios, bajo el mando operativo de la Unidad Militar de Emergencias y la coordinación del Ministerio del Interior.
Un incremento continuado del gasto no es sostenible económicamente. Baste señalar que la dotación estimada para extinción supera el presupuesto anual de la Agencia Estatal de Investigación o, sólo en el caso de Galicia, ampliamente los presupuestos de algunas consellerías, como la de Medio Ambiente y Cambio Climático.
Ello no significa, por supuesto, que el gasto en extinción no sea necesario. Además de evitar daños y grandes pérdidas económicas y proteger a la población, su eficacia es incuestionable en los ataques iniciales, ya que gran parte de los incendios se extinguen en fase de conato (menos de 1 hectárea).
Esta realidad, sin embargo, es compatible con la famosa paradoja de la extinción: cuanto más eficaz es un sistema en eliminar fuegos pequeños y moderados, mayor es la proporción de incendios extremos. Y estos últimos son precisamente los más costosos, peligrosos y difíciles de controlar. Por ello, aunque la extinción seguirá siendo imprescindible, la prevención ofrece una rentabilidad social y económica superior a largo plazo.
La prevención es la inversión más rentable
La investigación identifica escenarios específicos donde la capacidad de lucha contra el fuego resulta insuficiente o requiere de una preparación específica:
Los incendios extremos, con comportamientos impredecibles y gran virulencia, requieren de recursos especializados que a menudo superan los disponibles. Sin embargo, dimensionar un sistema de extinción para el peor escenario posible es inviable, ya que ello supondría un coste económicamente inasumible.
Los incendios en zonas de interfaz urbano-forestal suelen colapsar a los servicios de extinción, que deben suprimir el fuego, evacuar poblaciones y proteger estructuras simultáneamente. Este escenario exige capacidades específicas y una preparación especializada, más que un simple aumento del volumen de recursos. Se requieren protocolos de actuación, formación en protección de estructuras y planes de autoprotección para la población, así como una ordenación del territorio que evite la expansión de viviendas en zonas de alto riesgo.
Cuando coinciden numerosos incendios en el tiempo los recursos disponibles se dispersan y su eficacia disminuye de forma significativa, agravando la falta de medios ante la multiplicación de frentes. En estas circunstancias, la preparación previa del territorio –mediante áreas estratégicas de gestión, cortafuegos, puntos de agua y una adecuada red de accesos– resulta más determinante que el número de efectivos disponibles.
En definitiva, más que aumentar indiscriminadamente los medios de extinción, es necesario disponer de capacidades especializadas y bien coordinadas para responder a los escenarios más complejos y, al mismo tiempo, gestionar el territorio y aprender a convivir con el fuego. No se trata de elegir entre extinción o prevención, sino de comprender que la prevención constituye la gran asignatura pendiente y la inversión más rentable.
Mientras los medios de extinción actúan una vez iniciado el fuego, la prevención aborda las causas estructurales del problema y reduce el riesgo de que los incendios evolucionen hasta convertirse en grandes catástrofes. El desafío de los grandes incendios forestales no se resolverá únicamente con más helicópteros o más brigadas, sino con una gestión sostenible del territorio que arde.
Profesor permanente laboral; ciencia e ingeniería forestal (selvicultura, repoblaciones, infraestructuras verdes, gobernanza, cooperación, recursos forestales globales, incendios). ETSIAMN, Universitat Politècnica de València
Los incendios de este verano, tanto por su intensidad como por su afectación a zonas habitadas, han generado una gran preocupación social y una búsqueda inmediata de culpables y soluciones rápidas. No obstante, hablamos de un reto tremendamente complejo debido, entre otras razones, a su excepcional escala espacial.
España ha pasado de ser un país altamente deforestado a principios del siglo XX –en 1930 tenía apenas ocho millones de hectáreas de bosque (16 % de la superficie española)– a disponer hoy de 19,1 millones (38 %).
La actual cobertura forestal española está muy por delante de Italia (31 %), Francia (32 %) o Alemania (33 %). Cabe destacar que ese avance del bosque no se explica solo por las repoblaciones, sino que responde mayoritariamente a la recuperación espontánea de los bosques quemados además de su expansión natural, sobre todo en montaña.
Los incendios no constituyen un hecho novedoso. Ya en 1968 el Ministerio de Agricultura creó el Servicio contra Incendios Forestales, incluyendo una compleja estadística en aquel momento única en Europa. Décadas antes, entre 1920 y la Guerra Civil, se produjo un creciente número de incendios como consecuencia del abandono de los viñedos debido al insecto filoxera.
Desvinculados de la naturaleza
España “se acostó” a principios de los 50 como un país eminentemente rural y subdesarrollado y se despertó en 1970 como un país urbano relativamente desarrollado. Había olvidado sus raíces y su extenso territorio rural, restringiéndolo a una cada vez más marginal fuente de mano de obra, lugar para el suministro de agua, energía y alimentos y ubicación de infraestructuras de conexión entre conurbaciones.
Como consecuencia de la pérdida de vínculo con lo natural de un medio urbano muy hostil para gran parte de la sociedad y las series de Félix Rodríguez de la Fuente, surgió el primer ansia de recuperar lo natural. Esta coincidió en el tiempo con la primera cumbre ambiental de Naciones Unidas en Estocolmo y el cambio en la denominación de la aún única administración forestal en España de Dirección General de Montes a Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza.
Con la Transición, como ocurriera en otros países de la cuenca mediterránea que salían de una dictadura, los incendios se multiplicaron en la medida en que la autoridad de los cuerpos de seguridad se debilitaba. Galicia y la costa mediterránea fueron los territorios que más sufrieron, especialmente entre finales de los 70 y mediados de los 90.
Consolidada la democracia y el sistema autonómico, las comunidades más afectadas –especialmente Cataluña, Andalucía, Galicia, Valencia, Castilla-La Mancha, Castilla y León o Canarias– se dotaron de sofisticados medios, especialmente aéreos, para mejorar la actuación inmediata en los primeros minutos de una potencial ignición. A la vez se mejoró la observación meteorológica y el análisis de la causa de ignición comenzando con la determinación exacta del arranque del fuego.
También se abordó el problema de los basureros incontrolados y las líneas eléctricas, ambos generadores de incendios, gracias a alguna sentencia contundente en lo referente a la responsabilidad civil.
Todo ello llevó a una bajada a la mitad del número de incendios y su extensión comparados con hace 30 años. Hay que recordar que el noroeste, con solo el 15 % de la superficie, acaparaba dos tercios del número de incendios en aquellos años. Pero también hay avances en esta zona: por ejemplo, Galicia ha reducido el número de igniciones en un 66,67 % desde entonces.
Las consecuencias de apostar solo por la extinción
Ya entonces los especialistas advirtieron que una apuesta basada exclusivamente en la extinción se acabaría agotando, como ya había ocurrido en Estados Unidos. De hecho, el proyecto de investigación europeo FIREPARADOX analizó esta cuestión y alertó del breve recorrido que el alivio que supusieron las fuertes inversiones en extinción comportaría.
Al reducirse las zonas quemadas, pero no actuar en el estado del monte, los contados incendios que no se consiguiesen atajar en el primer momento devendrían en megaincendios, compensando con creces lo ganado en los anteriores 10-15 años. Desde el principio de esta década hemos llegado exactamente a este punto.
Actuaciones necesarias para prevenir incendios
El cambio climático y la alta carga de combustible fino disponible para arder en el monte ofrecen al fuego unas condiciones favorables que no hemos conocido en los últimos siglos. De ahí que sea necesario mitigar el primero y gestionar el segundo a la hora de afrontar el reto de los incendios.
Abordar el estado del territorio es igualmente necesario en todos los casos. Las medidas requeridas corresponden en buena medida a adaptación al cambio climático e incluso mitigación, si gestionamos más activamente los bosques. Recordemos que en los países secos –como España en gran parte– la prioridad principal es la adaptación.
Otro aspecto clave es la necesidad de buscar sinergias que aprovechen óptimamente los limitados recursos públicos y respondan a las necesidades de diferentes colectivos sociales.
Recuperar la agricultura y ganadería extensiva en montaña como aliados en la lucha contra los incendios es clave también respecto a la despoblación rural. Además, estas actividades proporcionan alimentos de mayor calidad nutricional y diversificados.
Por otro lado, aprovechar la madera, el corcho, la resina y la biomasa que producen los bosques –de la que solo aprovechamos un 60 %– permitiría reforzar la bioeconomía y avanzar más deprisa en una transición energética más diversificada, flexible en el tiempo y presente en todo el territorio, además de reforzar las pymes y acelerar la construcción con madera, clave en la reducción de emisiones de un sector estratégico como la construcción.
Profesor Titular de Selvicultura, Universidad de Valladolid
La búsqueda de culpables ante el drama de catástrofes naturales y pandemias es probablemente tan antigua como la humanidad. Ya Nerón en la antigua Roma acusaba a los primeros cristianos de haber incendiado la ciudad.
La construcción de estigmas sociales no es ajena a los incendios forestales y varía con el paso del tiempo. Desde las teorías que buscan una explicación basada en tramas de recalificación urbanística, mafias madereras y de energías renovables y terrorismo incendiario, hasta la culpabilización de ciertas especies autóctonas como los pinos (especialmente si son repoblaciones), ocultan la compleja realidad asociada a los terribles incendios forestales que estamos viviendo en España.
Sin embargo, hay otras explicaciones más sensatas y basadas en evidencias para el drama estival del fuego. Entre otras: el modelo de combustible y su continuidad, el cese de los sistemas agrarios tradicionales y el cambio del paisaje, el abandono rural, la homogeneización del paisaje, la biomasa forestal, el efecto multiplicador del cambio climático, la interfaz urbano-forestal, la capacidad de extinción y la falta de prevención.
En relación a la necesidad de gestión, es común, también este verano, el bulo de que “los montes se queman porque no nos dejan limpiar”. Sin aclarar a quién se le impide limpiar y quién no deja actuar.
Existe consenso social en que como estrategia básica de prevención de incendios es necesario gestionar la estructura y configuración de la vegetación de nuestros montes: la selvicultura de prevención. Pero el debate sobre quién debe realizar esta gestión arde en conversaciones, tertulias y redes sociales.
¿Qué dicen las leyes sobre la gestión de la vegetación?
La ley básica de referencia en España es la Ley de Montes de 2003 y sus respectivas trasposiciones a la normativas autonómicas. En ningún punto de la citada ley se prohíben las actuaciones propias de la selvicultura de prevención de incendios (desbroces, clareos, podas, mantenimiento de áreas cortafuegos, silvopastoralismo,…), tanto en terrenos públicos como particulares.
Por el contrario, la ley obliga a las comunidades autónomas a elaborar planes anuales y estrategias activas de prevención de incendios. Al igual que con la caza o la pesca, se establecen regulaciones ligadas a las épocas de actuación relacionadas con alertas metereológicas, periodos críticos para fauna protegida, etc.
En la mayoría de comunidades autónomas, las autorizaciones de tratamientos de prevención de incendios en montes particulares se reducen a simples declaraciones responsables o trámites electrónicos a través de las oficinas forestales y agrarias comarcales o ayuntamientos.
Para la redacción del presente artículo se ha consultado a las jefaturas de medio ambiente de varias provincias de Castilla y León afectadas gravemente por incendios en 2025 sobre el número de solicitudes de particulares de desbroce rechazadas en el último año. La respuesta fue categórica: cero.
Por tanto, desbrozar, podar y recoger leñas y piñas son actividades permitidas. Quizás el impedimento es otro: el coste de las actuaciones de prevención de incendios.
Cómo tratar la vegetación para prevenir incendios
Desde un punto de vista académico de ingeniería forestal, las mal llamadas actuaciones de “limpia” (desbroces, poda, clareos…) se encuadran dentro del ámbito de la selvicultura de prevención de incendios. Su objetivo es reducir la posibilidad de inicio del incendio y asegurar que, en caso de producirse, afecte a la menor extensión posible, con facilidad para la extinción y con mejor oportunidad de regeneración posterior.
Los tratamientos característicos de la selvicultura de prevención de incendios se tipifican mayoritariamente como no autofinanciados (no generan beneficios para pagar la intervención). Buscan reducir la continuidad de combustible en zonas estratégicas de gestión y cuestan dinero, ¡mucho!, sobre todo si se consideran las extensísimas dimensiones de monte de las que estamos hablando y su situación actual.
Desde un punto de vista únicamente de incendios forestales, el ideal sería que todo el monte presentara una estructura sin continuidad de combustible: árboles bien aclarados y podados, sin matorral, sin hierbas secas. En definitiva, un monte “ajardinado”. Pero ambientalmente esto es totalmente rechazable (en el monte hay mucho más que modelos de combustible). Y desde un punto de vista económico es inviable pensar que hay recursos para “ajardinar” todos los montes.
El verdadero drama de los incendios forestales no ha hecho más que comenzar. Por eso es imperioso definir una cuidadosa y planificada estrategia de dónde y cómo plantear los tratamientos selvícolas de prevención de incendios.
Se repite el mantra de que es infinitamente más barato invertir en prevención que en extinción, pero no podemos olvidar que la selvicultura de prevención de incendios es mayoritariamente muy costosa. La extensión de los montes en España, su ubicación, su actual estructura y usos y las previsiones climáticas nos fuerzan a aceptar muy fuertes inversiones públicas, planificadas técnicamente a medio y largo plazo con consenso, fuera de la confrontación política y del bulo.
Es también necesario asumir que el propietario particular de montes no tiene los medios para abordar la selvicultura de prevención. Por eso, la sociedad, en su conjunto, deberá contribuir en la financiación y apoyo de estos tratamientos.
El reto de la selvicultura de este segundo cuarto del siglo XXI será optimizar, regular y planificar estratégicamente la inversión de prevención de incendios e integrarla en la gestión del territorio; buscar la disminución de sus costes; fomentar las actividades de puesta en valor de los recursos forestales y sus aprovechamientos (selvicultura, silvopastoralismo, etc.), y trasladar a la sociedad información clara de los fundamentos de la base técnica y científica de las actuaciones de gestión forestal.