Tesoro de extraños fósiles marinos cámbricos revela algunos de los primeros animales de la Tierra
Un nuevo sitio de fósiles en China está lleno de extrañas y primitivas especies que nunca antes se han encontrado en ningún lugar de la Tierra. Las numerosas criaturas encontradas incluyen un animal espinoso y segmentado conocido como dragón de barro y varias medusas con tentáculos preservados. Los paleontólogos descubrieron este tesoro de fósiles, que están increíblemente bien conservados, a lo largo de las orillas del río Danshui en el sur de China. Las docenas y docenas de criaturas datan del Período Cámbrico (hace 490 millones a 530 millones de años), cuando la diversidad animal de la Tierra estaba en auge a un ritmo sin precedentes.
Fotografía del yacimiento
Los científicos recolectaron cientos de especímenes e identificaron fósiles de 101 animales. De ellos, más de la mitad son especies nuevas que aún no se han descrito, informaron los investigadores en un nuevo estudio.
"Es una gran sorpresa encontrar un nuevo depósito de tan increíble riqueza y con una proporción tan grande de especies que son completamente nuevas para la ciencia", dijo el coautor del estudio Robert Gaines, un profesor en el Departamento de Geología en Pomona College en California.
Investigadores en China descubrieron el sitio mientras exploraban cerca rocas tempranas del Cámbrico. Durante su hora del almuerzo junto al río, los científicos notaron "un patrón sorprendente de rayas grises y negras alternadas" en las rocas de la orilla del río. Este tipo de patrón de sedimento indica áreas donde surgieron alguna vez antiguos flujos de lodo, flujos que pueden haber enterrado y preservado antiguos organismos, explicó Gaines.
Los científicos comenzaron a cortar la roca y, efectivamente, pronto detectaron el primero de los excepcionales restos fósiles del sitio, ahora conocidos colectivamente como la biota de Qingjiang, escribieron en el estudio.
En total, el equipo descubrió fósiles de más de 50 especies desconocidas para la ciencia. Muchos de los fósiles (medusas con forma de campana, gusanos puntiagudos, artrópodos blindados y más) conservan un asombroso nivel de detalle en sus tejidos blandos conservados, como branquias, sistemas digestivos e incluso ojos.
"Qingjiang es una nueva ventana en un tipo diferente de ecosistema del Cámbrico temprano", dijo Gaines.
Al igual que en otros ricos depósitos fósiles de vida cámbrica bien conservada (los depósitos Burgess Shale en Canadá y los depósitos Chengjiang en la provincia china de Yunnan), los animales de Qingjiang fueron tragados rápidamente por los lodos y luego enterrados en suelos de grano fino, dijo Gaines. Cuando el sedimento se "cementó" alrededor de los diminutos cuerpos, bloqueó los microbios y detuvo el proceso de descomposición.
Esto conservó "exquisitos restos orgánicos primarios de criaturas como medusas y gusanos que generalmente no dejan registro fósil", dijo.
De hecho, las medusas y las anémonas de mar, que se encuentran entre los primeros animales conocidos, son mucho más numerosas en la biota de Qingjiang que en los sitios de Burgess Shale o Chengjiang, informaron los investigadores.
Además, la condición de los fósiles de Qingjiang es sustancialmente mejor que la de los fósiles en los otros sitios del Cámbrico. En Burgess Shale, la formación de las Montañas Rocosas calentó y comprimió los fósiles; aunque permanecieron los detalles anatómicos, los fósiles fueron remodelados de sus formas originales, según Gaines. Y en Chengjiang, el agua subterránea que fluyó sobre los depósitos fósiles durante millones de años también se llevó algunos de los detalles de sus formas originales.
"Los fósiles de Qingjiang, sin embargo, son prístinos, y se parecen mucho a lo que serían después de ser fosilizados en el período Cámbrico", dijo Gaines.
Los hallazgos fueron publicados en línea el 21 de marzo en la revista Science:
Hasta en los medios de comunicación ha llegado el concepto del Antropoceno como la Edad de los humanos; un tiempo en el que una especie, la nuestra, tiene una tan gran influencia sobre el planeta como para marcar un nuevo tiempo geológico.
La mayoría de los científicos consideran que es una evidencia.
Intentaremos describir el concepto, la evidencia y finalizaremos exponiendo sus consecuencias y, específicamente, alguna idea sobre la importancia que tiene para la gestión forestal.
Un poco de historia
No es de este siglo la constatación de que el hombre influía poderosamente en los ciclos vitales de la tierra y los estaba transformando. Hacia 1850 (Jenkyn) se definió el Antropozoico como la época en la que vivimos. Algo más tarde el italiano Stoppani definió el Antropozoico como la época en la que la influencia humana era tan evidente y extendida como para hablar de una nueva era geológica. Indicaba que la acción humana, mediante la agricultura y la industria influía en la formación actual de las rocas y con sus obras hidráulicas modificaba los patrones sedimentarios, así como modificaba la geología en las cuencas mineras y las ciudades. Stoppani, incluso hablaba de la modificación de la atmósfera por los humos de las industrias. Y como los desechos humanos se depositaban estratigráficamente concluyó en que vivíamos en una nueva era geológica.
Posteriormente, atendiendo a distintas facetas de la actividad humana se ha escrito sobre el Psicozoico, Antropogeno, Noosfera, Edad Atómica, Antroposfera, Antropostroma, Tecnógeno, Ecozoico, Antroceno y, por fin, del Antropoceno por Crutzen y Stoermer (año 2000). Estos han hecho la propuesta formal para que la Comisión Internacional de Estratigrafía lo valide formalmente como periodo geológico. En estos momentos aún no ha dictaminado la Comisión.
La evidencia
En 2015 (Williams et al), se describió la biosfera antropocena por estas características: - Homogeneización global de la flora y la fauna - Que la humanidad consume más de la cuarta parte de la producción primaria neta global - Que la humanidad usa la energía fósil - La enorme influencia de nuestra especie en la evolución de las restantes - La gran relación ahora existente entre la biosfera y la tecnosfera
La tecnosfera física supone 17 trillones de toneladas de áreas urbanas, 5 de pastos, 4 de cultivos y con un trillón los embalses, carreteras y demás infraestructuras.
No cabe duda sobre que la actividad humana ha modificado los ciclos de la materia y energía.
Desde el siglo XVIII comenzó la transición hasta el presente en el que la biosfera está en un estado principalmente antropogénico. Esto ha llevado a la definición del antroma, un nuevo concepto de ecosistema.
Mirando hacia atrás la influencia humana es antigua y con un impacto importante. Desde la aparición del Homo sapiens hace unos 50.000 años y sus migraciones fuera de África, los demás continentes han visto modificada su fauna con la extinción de los grandes mamíferos, que fueron objeto de caza sistemática. Hace unos 12.000 años la Revolución Neolítica, con la introducción de la agricultura y la ganadería, supuso la reducción de los bosques incrementando global y continuadamente el CO2 y el metano en la atmósfera.
Por último la Revolución Industrial y la aparición de las técnicas modernas de agricultura y ganadería supusieron una enorme aceleración del proceso. Más de la mitad, posiblemente las tres cuartas partes, de la superficie terrestre son paisajes humanizados lo que ha influido, e influye, en la gran disminución de la biodiversidad natural, lo que hace que la situación actual sea comparable con las grandes extinciones en masa que han ocurrido en otros tiempos geológicos. Otros factores no desdeñables es el incremento y dispersión de elementos radiactivos, la generalizada eutrofización de los lagos, el agotamiento de las aguas subterráneas y un largo etcétera.
Incluso están apareciendo indicios sólidos de la existencia de nuevas rocas producto de la influencia humana.
La discusión es sobre cuando empezó. Si se da como fecha la de la Revolución Neolítica, casi coincidiría con el Holoceno; si es la aparición de la especie humana sería anterior al final de la última glaciación; y así sucesivamente se ofrecen otras distintas posibilidades.
La evidencia biológica no es suficiente para definir un periodo geológico, por lo que la discusión sobre las nuevas rocas que estuviéramos generado es muy importante para el Antropoceno ya que éste se define como un tiempo geológico de la tierra.
Consecuencias y reflexiones forestales.
Aceptar la evidencia del Antropoceno nos obliga a pensar en sus consecuencias; si los bosques actuales han coevolucionado desde el final de la última glaciación con una influencia humana determinante, las formaciones boscosas que existen son formaciones antrópicas lo que obliga a abandonar por inadecuado el concepto de bosque primigenio ya que, simplemente, nunca existió, al menos en Europa.
La orientación de la gestión de los espacios protegidos hacia los modelos que hubiesen tenido sin la influencia humana se devela como un desideratum rayano en el absurdo. Un auténtico oxymoron. De hecho la reglamentación de los usos permitidos y prohibidos ya de por sí implica una intervención humana. Intervención que puede ser beneficiosa para la fauna y flora, pero intervención al fin y al cabo, por lo que volvemos a crear un espacio antrópico diferente.
La constatación del cambio en las condiciones climáticas, el cambio de las demandas humanas a los bosques y la introducción de nuevas especies en los ecosistemas forestales, proceso acelerado desde el siglo XIX, generan unas condiciones distintas a aquellas en las que los ecosistemas forestales se habían desarrollado y con las que estaban en equilibrio. En términos forestales clásicos son bosques fuera de estación y con presencia de especies exóticas.
Que los bosques estén fuera de estación implica una potencial situación de debilidad que nos obliga, si deseamos conservarlos, a ejecutar acciones selvícolas que ayuden a su supervivencia buscando que las densidades y edad media del arbolado sean las más adecuadas para garantizar su subsistencia.
La introducción de especies exóticas incluye una minoría que puede resultar muy dañina para la fauna autóctona o, más importante, para la especie forestal principal del bosque. Como ejemplo podemos hablar del nematodo del pino que nos plantea actualmente una disyuntiva crítica: o lo controlamos o en un par de siglos nuestros pinares podrían desaparecer.
Las orientaciones en la planificación forestal que busquen bosques envejecidos y en densidad excesiva, mediante el abandono de la selvicultura, algo que ocurre con demasiada frecuencia en parques nacionales y naturales, deben ser abandonadas pues generan bosques débiles frente al cambio climático y las plagas y enfermedades.
La gestión adecuada para garantizar la supervivencia de nuestros bosques es bien conocida técnicamente: la ordenación forestal sostenible con el estudio de la selvicultura adecuada.
Pero de nada sirve que un monte esté ordenado si carece de los medios económicos para hacer las necesarias inversiones para cumplir la ordenación. Garantizar la persistencia de nuestros montes está ligado a que la Administración se obligue a financiar la selvicultura prevista en cada proyecto de ordenación.
Bibliografía
¿Qué sabemos de El Antropoceno? Valentí Rull CSIC. Madrid 2018
(muy recomendable y solo vale 12 euros, además se lee muy bien, con gran claridad para aprehender los conceptos, por lo que animamos a los lectores a que hagan el “esfuerzo económico”)
Imagen obtenida a través de un dron de los montículos de termitas en el noreste de Brasil Credit Por Martin "et al"
Stephen J. Martin se percató de que había grandes montículos, algunos de 3 metros de alto por 9 metros de ancho, al costado de la carretera mientras conducía por una zona remota del noreste brasileño. “Después de veinte minutos, seguíamos pasando a su lado y pregunté: ‘¿Qué son?’”, relató Martin, un entomólogo de la Universidad de Salford en Inglaterra que estaba en Brasil debido a una investigación sobre la disminución de las abejas melíferas a nivel mundial. Martin pensaba que podía tratarse de tierra apilada que había quedado de la construcción de la carretera. En cambio, sus compañeros le respondieron lo siguiente: “Ah, son solo montículos de termitas”. Martin recordó su respuesta incrédula: “Les pregunté: ‘¿Están seguros?’. Y me respondieron: ‘Bueno, no sabemos. Eso creemos’”. En un viaje posterior, Martin se encontró de casualidad con Roy R. Funch, un ecólogo de la Universidad Estatal de Feira de Santana en Brasil, quien ya había hecho arreglos para llevar a cabo un fechado radiactivo a fin de determinar la edad de los montículos.
“Le dije: ‘Míralos, debe haber miles de estos montículos’. Y me respondió: ‘No, hay millones’”. Funch también calculó menos. En un artículo publicado el 19 de noviembre en la revista Current Biology, Martin, Funch y sus colegas informaron sobre los hallazgos de varios años de investigaciones. ¿Cuántos montículos? Alrededor de doscientos millones, estimaron los científicos. “Están por todas partes”, comentó Funch. Los montículos en forma de cono son la obra de la Syntermes dirus, una de las especies de termita más grandes del mundo con su casi centímetro y medio de largo. Los montículos, separados en promedio por unos 18 metros, están desperdigados sobre un área tan grande como Gran Bretaña (Inglaterra, Gales y Escocia). “Los humanos nunca hemos construido una ciudad tan grande, en ningún lugar”, afirmó Martin. A los científicos también les sorprendió cuando recibieron los resultados del fechado radiactivo de once montículos. El más joven tenía cerca de 690 años. El más antiguo era de al menos 3820 años, o de una edad cercana a las grandes pirámides de Guiza en Egipto. “Saber eso me impresionó”, comentó Funch. Martin mencionó que usaron la edad mínima sugerida por los datos, pero es posible que el montículo más antiguo tenga más del doble de esa edad. Los científicos también estimaron que, para construir doscientos millones de montículos, las termitas excavaron 10 kilómetros cúbicos de tierra, un volumen equivalente al de unas cuatro mil grandes pirámides de Guiza. “Este es el mejor ejemplo conocido de un ecosistema diseñado por una sola especie de insecto”, escribieron los científicos.
Científicos que estudian cientos de millones de montículos de termitas en Brasil, visibles desde el espacio, dataron un puñado y descubrieron que tienen entre 690 y 3820 años. Credit Roy R. Funch
Otra sorpresa fue que los montículos resultaron ser solo montículos. Otras termitas construyen montículos con complicadas redes de túneles que proveen ventilación a sus nidos subterráneos. Sin embargo, después de cortar algunos de los montículos, Funch y Martin encontraron un solo tubo central que llevaba hasta la parte más alta, y nunca dieron con ningún nido. Estos montículos no eran estructuras de ventilación, sino simples montones de tierra apilada. Conforme las termitas excavaban las redes de túneles debajo del paisaje, necesitaban un lugar donde poner la tierra que habían excavado. Por lo tanto, llevaban la tierra por el túnel central hasta la parte más alta de un montículo y la lanzaban para afuera. Eso también podría explicar el espacio regular entre los montículos. Al principio, Funch y Martin pensaron que era el resultado de colonias que competían entre sí. No obstante, cuando pusieron a una termita de un montículo al lado de otra de un montículo vecino, no hubo conflicto, lo cual indicó que eran de la misma familia. Concluyeron que el patrón era simplemente un espaciado eficiente de pilas de basura. Los montículos jóvenes y activos llegan a medir entre 1,2 y 1,5 metros en un par de años, según Funch. La mayoría de los montículos más antiguos parecieran estar inactivos. Los científicos no saben si esto quiere decir que las termitas los abandonaron o si nada más no tienen la necesidad de seguir excavando en el área después de construir los túneles que necesitan. Aunque la gente que vive en la región sabía de los montículos de termitas, solo pocos forasteros tenían conocimiento de ellos. Bosques de arbustos conocidos como caatinga ocultaban la extensión de las construcciones de las termitas. “Por eso pasaron desapercibidos durante tanto tiempo”, aseguró Funch. “No se les ve entre la vegetación endémica. Además, no pasan muchos científicos por aquí”. La mayor parte del año, con temperaturas que llegan a los 37 grados Celsius o más, los árboles son de color blanco chamuscado. El paisaje se torna verde tras una breve temporada de lluvias, después se caen las hojas y el paisaje se vuelve a desolar. “Estas termitas viven de las hojas muertas y se pueden alimentar una vez al año”, explicó Martin. Debido a que se habían desbrozado algunas partes del bosque, los montículos se volvieron visibles y, hace más o menos una década, las imágenes satelitales de Google Earth tuvieron la nitidez suficiente como para que Funch pudiera divisar montículos individuales. Se dirigió a algunos de los sitios para verificar que los montículos estuvieran ahí. Martin comentó que quería entender mejor la interconexión entre los insectos y la vegetación. Cuando se tala una parte del bosque, los montículos permanecen, pero las termitas se van porque ya no hay hojas que puedan comer. Los científicos también quieren observar a las termitas durante el periodo más activo de alimentación posterior al crecimiento del bosque y estudiar qué hacen los insectos el resto del año.
Reproducido del periódico The New York Times, 23 de noviembre de 2018
POR PILAR QUIJADA GARABALLÚ 23/01/2019 Los baños forestales están de moda. Desde Japón llega el poder sanador de la Naturaleza y los galenos japoneses los recetan cual “paracetamol” del alma. Pero la idea de que los bosques tienen la virtud de aquietar la mente no es nueva. Santiago Ramón y Cajal, Nobel de Medicina en 1906, y padre de la Neurociencia moderna, ya lo sabía. Lo describió muy bien en “Recuerdos de mi vida”. En 1899, escribió, “mi salud dejaba harto que desear. Invadiome la neurastenia, acompañada de palpitaciones, arritmias, insomnios, etc., con el consiguiente abatimiento de ánimo. Semejantes crisis cardíacas atacan frecuentemente a las personas nerviosas fatigadas, sobre todo durante esa fase de la vida en que declina la madurez y asoman los primeros desfallecimientos de la vejez [tenía 46 años]. Naturalmente, mis dolencias agriaron aún más mi natural triste e hipocondríaco. Y, por reacción fisiológica y moral, acometiome violenta pasión por el campo”.
Así que, como terapia, puso su afán en “disponer de quinta modesta y solitaria, rodeada de jardín, de cuyas ventanas se descubrieran, de día, las ingentes cimas del Guadarrama, y de noche, sector celeste dilatadísimo, no mermado por aleros ni empañado por chimeneas”, dos de las muchas aficiones de Cajal: la naturaleza y la astronomía. Aquella inmersión forestal, que permitió trabajo y aficiones, en el hoy barrio madrileño de Cuatro Caminos, le permitió recuperarse de su melancolía. “Procediendo a lo temerario”, señala, Cajal destinó todos sus ahorros a la construcción de Villa Amaniel. La inversión fue muy rentable, como él mismo explica: “Mi curación honró poco a la Farmacopea. Una vez más triunfó el mejor de los médicos: el instinto, es decir, la profunda vis medicatrix. Porque luego de instalado con la familia en la campestre residencia, mi salud mejoró notablemente. Al fin alboreó en mi espíritu, con la nueva savia, hecha de sol, oxígeno y aromas silvestres, alentador optimismo. Y, por añadidura, llovieron sobre mí impensadas satisfacciones y venturas”.
Reproducido del blog del Colegio de Ingenieros de Montes
Pocos países tienen tanta capacidad para el escándalo dramático como Francia. No hay cuestión lo suficientemente ridícula que no merezca ser luchada, de modo que cuando el Ayuntamiento de París anunció una campaña de desinfección de ratas a gran escala, miles de parisinos asistieron indignados a los acontecimientos. "Por encima de mi cadáver", se dijeron, y allí que van, lanzados con 20.000 firmas en contra del "genocidio" de las ratas.
Ah, Francia.
El problema es mayúsculo, por lo que la reacción exagerada de la opinión pública francesa también debía ser mayúscula. A la altura de la semana pasada, el consistorio parisino había tenido que cerrar nueve parques públicos ante la ubicuidad de los roedores callejeros. Hacía más de cuatro décadas que las ratas no proliferaban con tanta alegría por las calles parisinas, llegando a hacer suyo hasta el Campo de Marte, frente a la Torre Eiffel.
En cifras: hay alrededor de 4 millones de ratas por 2.3 millones de parisinos. Es una cuestión de escala si tenemos en cuenta que, como recogía Le Parisien, un feliz matrimonio de roedores puede engendrar una prole de casi 1.000 ratitas a lo largo de dos años. Ni siquiera la inusualmente alta tasa de fertilidad francesa puede competir contra tamaña productividad. ¿Solución? La guerra.
Dos agradables ratas para cada parisino
Las ratas se han adueñado de París, si bien habían sido tradicionalmente un icono más de la ciudad (cuya iconografía se remonta a los tiempos de Víctor Hugo). La propia industria cinematográfica francesa abrazó al despreciado roedor en Ratatouille, nombre tan válido para un plato de la cocina provenzal como para una rata-cocinera que gozó de un aplauso unánime entre la audiencia internacional. Ahora, Ratatouille se multiplica por millones y, amén de dominar la noche, se deja ver a diario por las calles de París.
Las ratas forman parte del imaginario de París en el siglo XIX, aquí ilustradas por Gustave Doré.
Entonces, ¿por qué ahora? Es quizá lo que se está preguntando el Ayuntamiento de París. Como recoge The Guardian, según las autoridades locales no hay más ratas ahora de las que ha habido siempre en la ciudad, sino que los medios de comunicación, quizá espoleados por los turistas, les han prestado más atención. Dado que las ratas sólo necesitan comida, agua y un nido donde procrear, son una consecuencia casi natural de la densidad poblacional. Y en el fondo, argumentan, no son tan malas (suerte luchando contra la memoria).
Otra posibilidad es un pequeño cambio en las regulaciones de la Unión Europea. Tradicionalmente, el consistorio había utilizado un veneno muy efectivo que, cuando se pegaba al pelo de las ratas, se trasladaba a su organismo durante su proceso de higiene (similar al de los gatos). A los pocos días, los bichos morían. Pero la UE consideró que este método era peligroso porque podía contaminar el agua corriente de la ciudad (las ratas viven en las alcantarillas).
El cambio ha motivado que el veneno, ahora, tenga que desplegarse en trampas. Esas trampas suelen ser comida, pero las ratas parisinas tienen absurdas cantidades de comida a su alrededor (sin contar a quienes, turistas o locales, deciden darles comida) sin tener que buscarla activamente.
"No en mi nombre", dice el pueblo
Pero aunque no son agresivas ni invasivas, tienen mala reputación. De modo que el mismo ayuntamiento ha tenido que elaborar planes de control poblacional. Hasta que ha surgido una mujer llamada Jo Benchetrit y ha dicho "no".
Dado el estado de sitio decretado por el ayuntamiento contra las ratas, Benchetrit, activista y psicóloga infantil, publicó una petición pública llamando a detener "la masacre" y "el genocidio" que las autoridades parisinas quieren cometer contra la población de ratas. Lejos de parecer una frivolidad, la propuesta acumula más de 20.000 cifras, y sumando.
Según la misiva, "las ratas no son peligrosas para los humanos". Y continúa: "Su única culpa es que, según los parisinos, no son demasiado bonitas. ¿Es esta una razón de preso para infringirles la pena de muerte? Soy una psicóloga infantil y estoy horrorizada por la crueldad del hombre". En el resto de la petición, los firmantes llaman a sustituir los métodos de exterminio por otros contraconceptivos que limiten la capacidad reproductiva de las ratas. Otro hito del movimiento animalista.
El caso es que la atención mediática que las ratas de París han acaparado durante los últimos días también ha proyectado, de forma paralela, la popularidad de la propuesta de Benchetrit. Por lo que sólo cabe esperar que sus peticiones sumen apoyos en el futuro a corto plazo.
Reproducido de magnet.xataka.com
Nota de Distrito Forestal.- La noticia es antigua, de finales de 2016, pero ilustra bien hasta donde puede llegar la estulta moda animalista. Lo que al profesor Errasti le parecía que no podía llegarse, resulta que si que se ha llegado: a querer proteger la vida de las ratas pese a que pueden ser origen de enfermedades para los seres humanos.