Hidrología

13
Nov
2024

 

Publicado: 4 noviembre 2024

Autoría

Tewise Yurena Ortega González, Profesora Ayudante Doctor de Derecho Romano, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

José Luis Zamora Manzano, Catedrático de Derecho romano, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

 

foro romano inundado

El foro romano inundado en una imagen del fotógrafo italiano Giuseppe Primoli de 1892. Wikimedia Commons

 

 

En la capital de la antigua Roma, las inundaciones representaban una amenaza constante debido a la ubicación estratégica de la ciudad, donde convergían varias corrientes de agua.

Es cierto que esta situación brindaba ventajas significativas, como facilitar el comercio, impulsar el desarrollo industrial y asegurar el control de las rutas económicas. Sin embargo, también la hacía vulnerable a desastres naturales (inundaciones, incendios y terremotos).

No es nuestro objetivo analizar todas y cada una de las inundaciones acaecidas y los efectos de las mismas, pero sí ofrecer una visión general de cómo los romanos afrontaron este tipo de eventos catastróficos y qué se hizo para mitigar los efectos.

Aunque los romanos contaban con conocimientos avanzados en hidrología y construcción, no destacaron precisamente por la adopción de medidas preventivas. Inicialmente, esto se debió a la creencia religiosa de que las inundaciones eran respuestas divinas. No obstante, tanto el emperador Augusto (63 a. e. c.-14) como Tiberio (42 a. e. c.-37) comenzaron a alejarse de dichas concepciones tradicionales apostando por ofrecer soluciones técnicas y prácticas que sirvieran para proteger la ciudad ante un problema de gestión de las aguas.

Augusto marca el paso

Para prevenir los efectos de las inundaciones, el emperador Augusto ensanchó, limpió y encauzó el cauce del Tíber, que se había llenado de escombros con el tiempo y se había reducido. Una de las razones era que, cuando había derrumbes en la ciudad, muchas veces los restos se abandonaban en las calles o se tiraban a los ríos. Se decía que el Tíber era “un vertedero” romano, ya que no sólo se arrojaban escombros, sino también restos orgánicos, cadáveres tanto de animales como de personas, restos de industrias cárnicas, conservas o pieles, etc.

Como se realizaban construcciones en las orillas, también fue necesario delimitar las riberas y prohibir la construcción en ellas. Asimismo, Augusto ordenó la limitación de la altura de los edificios hasta un máximo de 21 metros para evitar los derrumbes espontáneos o motivados por las crecidas. Igualmente, estableció sanciones para aquellos que realizaran actividades que perjudicaran la gestión de las inundaciones, como la destrucción de los diques de contención de los ríos o la tala de árboles ubicados en las orillas, condenando a los autores a trabajos forzados o a las minas.

Por su parte, Tiberio propuso la creación de una comisión que se encargara de la vigilancia y control del cauce del río y la protección de la ciudad. Esta propuesta incluía tres intervenciones: desviar el río, realizar obras de canalización y ocluir el lago Velino. En aquel momento, fue rechazada por el Senado alegando motivos religiosos.

Otros emperadores, como Claudio (10 a. e. c.-54) y Trajano (53-117), dieron continuidad a las iniciativas, planteando la construcción de puertos, canales, acueductos y cloacas. Precisamente estas últimas fueron muy relevantes porque favorecieron la extracción de las aguas acumuladas, la canalización de las provenientes de las lluvias y el drenaje de las tierras pantanosas alrededor de la ciudad.

Vigilar el río

De entre todas las medidas adoptadas, destaca la creación de una comisión, heredada de la propuesta de Tiberio y compuesta por cinco miembros de rango senatorial, encargada de la supervisión y vigilancia del río Tíber. Para el desarrollo de sus funciones, contaron con el apoyo de personal técnico y la colaboración y cooperación de funcionarios públicos y profesionales especializados con los que celebraban contratos de prestación de servicios.

Las fuentes epigráficas, arqueológicas, literarias e históricas evidencian las actividades encomendadas a los cuidadores del río. Así, lo vigilaban y controlaban y se encargaban de delimitar las orillas, prohibiendo a los propietarios de los fundos ribereños la realización de obras, edificaciones o cualquier acción que pudiera dificultar el acceso al río, la navegabilidad, el uso o su obstrucción. En esos casos, los responsables podían ordenar derribos con la interposición de los correspondientes interdictos, como describe el jurista romano Ulpiano.

Asimismo, procuraban protección a los particulares que realizaban labores de limpieza frente a la perturbación de terceros y resolvían los conflictos relativos a los límites fluviales. También asumieron el mantenimiento constante y la limpieza de los cauces y las orillas, ya fuera por la acumulación de sedimentos, el abandono consciente de residuos o por el crecimiento espontáneo de la vegetación, con el objetivo de favorecer el uso público y el tránsito de las naves.

Realizaban todas estas intervenciones empleando a su propio personal, utilizando a esclavos y condenados o mediante la contratación de profesionales como los urinatores. Estos se encargaban de remover y extraer periódicamente la acumulación de residuos en los puertos derivados de la actividad comercial, doméstica o constructiva, así como los sedimentos, escombros y residuos depositados en las orillas o en los cauces por los incrementos fluviales o por las cloacas. Utilizaban para ello ruedas de madera a las que se acoplaban una especie de palas para limpiar el fondo del puerto.

Como encargados de la vigilancia y la seguridad de las aguas, los curadores del río asumieron el deber de asegurar el funcionamiento, mantenimiento y conservación de cloacas. Para ello, también limpiaban y mantenían las cloacas privadas que se conectaban a la red de saneamiento pública.

Ayer y hoy

Sin caer en el presentismo, podemos observar que los romanos se enfrentaron al problema de las inundaciones con un enfoque que combinaba medidas correctivas, normas urbanísticas y avances técnicos, reconociendo su vulnerabilidad ante las crecidas.

Si bien su respuesta no fue sistemática ni plenamente preventiva, las medidas que llevaron a cabo evidencian una comprensión técnica y estratégica de los riesgos fluviales. Sus acciones no solo buscaban paliar los efectos inmediatos, sino también mitigar sus consecuencias en el funcionamiento de la ciudad.

En la actualidad, la gestión de inundaciones se ha convertido en un tema prioritario con objetivos más integrales y preventivos. Los marcos legales europeos reflejan un compromiso por proteger la vida humana, el medio ambiente y la infraestructura urbana de manera proactiva, promoviendo la adaptación al cambio climático y la resiliencia social.

Aunque el enfoque actual es más amplio y apunta a prevenir desastres en lugar de únicamente mitigarlos, las medidas implementadas en la antigua Roma fueron un precedente en el desarrollo de estrategias de control de inundaciones.

Para evitar desastres como los acaecidos en el Levante español en estos últimos días, las confederaciones hidrográficas deberían realizar actuaciones más allá de la conservación de los cauces. Es decir, invertir en infraestructuras de protección y realizar una mayor limpieza de cauces, barrancos y cloacas, entre otras.

21
May
2024

 

Autoría

Rubén Ladrera Fernández

Profesor de Enseñanza Secundaria y Profesor Asociado del Área de Didáctica de las Ciencias Experimentales, Universidad de La Rioja

Jose Ramon Díez López

Profesor de Didáctica de Ciencias Experimentales, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

El ciclo del agua es uno de los contenidos cruciales para conocer el funcionamiento básico de la hidrosfera en el currículo de la educación obligatoria. ¿Quién no lo recuerda? Precipitaciones que en la superficie continental conforman la escorrentía, o que se infiltran en el suelo y alimentan las aguas subterráneas. La evaporación devuelve este elemento en forma gaseosa a la atmósfera que, tras la condensación, forma las nubes que darán lugar de nuevo a las precipitaciones.

Menor atención se ha prestado a procesos geofísicos de gran importancia como la evapotranspiración asociada a los seres vivos o la interconexión entre los diferentes componentes del ciclo, fundamentalmente los del suelo, el gran olvidado.

Lo cierto es que lo que aprendimos en el colegio resulta incompleto para comprender el complejo funcionamiento de la hidrosfera. Sobre todo, si no se consideran otros procesos que interfieren directa o indirectamente. En especial, la dominación humana del ciclo del agua está ausente de representaciones y percepciones, a pesar de que las personas dependemos absolutamente del agua para nuestra supervivencia: la ingesta directa, la higiene, la producción de alimentos, los procesos industriales o el ocio y bienestar.

Saqueo en las masas de agua

Las causas centrales de la actual crisis mundial del agua intervienen en el ciclo junto con los procesos geofísicos y comienzan con la sobreexplotación de este recurso. El 70 % de los acuíferos españoles se encuentran sometidos a extracciones superiores a sus recargas. Esto genera sequías de gran magnitud en zonas tan relevantes como los parques nacionales de Doñana o las Tablas de Daimiel.

Asimismo, el excesivo consumo de agua ha transformado nuestros ríos en meros canales, repletos de embalses y trasvases. De este modo, su estado ecológico se ha visto notablemente afectado, lo que pone en riesgo los numerosos servicios ecosistémicos que nos prestan.

La sobreexplotación está relacionada con nuestro modelo socioeconómico, que abarca aspectos como el consumo de alimentos que requieren enormes cantidades de agua para su producción y modelos agroganaderos intensivos con superficies de riego que siguen incrementándose cada día.

Los nuevos regadíos se asocian al cultivo de todo tipo de productos, como frutas tropicales (aguacate, mango…), cultivos con altos requerimientos de agua (maíz, alfalfa…) para alimentar al ganado, o el aumento de producción de cultivos tradicionalmente de secano como almendros, olivo o vid.

Turismo, ropa y pesticidas

Completan la ecuación otras actividades económicas, como el turismo (el consumo de agua por turista llega a quintuplicar el consumo per cápita local, asociado a piscinas, saunas, parques temáticos, mantenimiento de zonas ajardinadas o golf) y la moda (un kilo de algodón necesita 10 000 litros de agua para producirse y su cultivo genera problemas de sobreexplotación en numerosos ecosistemas acuáticos del planeta).

Otro factor a tener en cuenta es la contaminación de las masas de agua, que degrada los ecosistemas hídricos y, con ello, los servicios ecosistémicos que ríos, lagos y acuíferos aportan a la biosfera y al ser humano.

Por ejemplo, los nitratos de origen agroganadero provocan que casi el 30 % de las aguas subterráneas y el 50% de las superficiales presenten una mala calidad. Este hecho impide el acceso a agua potable a una buena parte de la población del país. Otro caso alarmante es la presencia de pesticidas en las diferentes masas de agua, especialmente tóxicos para la salud humana.

A ello se suman las alteraciones del medio físico: la intensa ocupación de diferentes zonas de la cuenca mediante cultivos o urbanizaciones modifica aspectos cruciales del ciclo del agua, como la evapotranspiración, la infiltración o la escorrentía. No solo comprometen la disponibilidad del recurso a nivel local, sino que aumentan los riesgos asociados a fenómenos climáticos extremos como las inundaciones.

Injusticia hídrica

Por último, la subida de las temperaturas asociada al cambio climático provocado por la acción humana afecta directamente a diferentes procesos del ciclo del agua: aumento de la fusión de glaciares, de las tasas de evaporación y de evapotranspiración y modificación del régimen de precipitaciones.

Como consecuencia, la disponibilidad de agua dulce va en descenso, especialmente en zonas geográficas como la mediterránea. Sin embargo, su uso no hace sino incrementarse, mostrando la nula adaptación de la población a la realidad climática actual y poniendo en mayor riesgo, si cabe, el estado ecológico de nuestras masas de agua y ecosistemas.

Por tanto, la exclusión de actividad humana de las representaciones del ciclo del agua camufla algunas de las crisis socioecológicas más acuciantes, incluidas la seguridad y la justicia hídrica. Urge solventar estas carencias y activar recursos y métodos educativos como primer paso hacia la formación de las personas y hacia una gobernanza equitativa de este recurso esencial desde una visión planetaria, pero con el foco puesto en lo cotidiano.

21
Jun
2024

 

Estos ecosistemas son reserva de agua estratégica, sin embargo, para 2045 se reducirá su recarga un 11 % por el cambio climático, según los últimos planes hidrológicos.

El Instituto Geológico y Minero de España (IGME) alerta de la preocupante situación de las masas de agua subterránea del territorio nacional. Según los planes hidrológicos, un 44 % de esas aguas está en mala situación.

Para el instituto, el apoyo a las administraciones en la definición de estrategias de gestión eficientes y sostenibles es clave en el actual contexto de creciente escasez de recursos en un escenario de cambio climático como el actual, en el que hay sequías cada vez más intensas. El IGME, en el que trabajan unas 50 personas especializadas en hidrogeología, lleva realizando un seguimiento del estado de estas aguas subterráneas desde la década de 1960.

Un reciente artículo publicado en Nature Communications destaca que la escasez de agua potable a nivel mundial se ha multiplicado por tres debido a la contaminación por nitratos.

David Pulido, director del departamento de Aguas y Cambio Global del IGME, apunta que las aguas subterráneas, con más inercia que las superficiales, son un recurso estratégico para la gestión de sequías. La sobreexplotación de las aguas subterráneas es una realidad en zonas como Doñana o el Alto Guadiana, afectando a humedales y espacios naturales. “Hay acuíferos en España que han registrado descensos de hasta 10 metros al año, y que pueden tardar un siglo en recuperar su nivel, algo a lo que también afecta el cambio climático”, señala.

  egún los resultados de una investigación desarrollada por el IGME y publicada en la revista Journal of Hydrology, si se siguen incrementado las emisiones de CO2 como hasta ahora, para el año 2045 la recarga o entrada de agua a los acuíferos disminuirá, de media, un 11%. Esta cifra puede llegar a más de un 20 % en más del 10 % del territorio peninsular.

La situación es especialmente alarmante en las zonas costeras, según han constatado las investigaciones del IGME, donde al bajar el nivel de los acuíferos se producen entradas de aguas salinas en el sistema. Son situaciones que tienen una compleja solución.

Las posibilidades de la IA

Miguel Mejías, jefe del Área de Hidrogeología Aplicada, recuerda que el mantenimiento de las aguas subterráneas “es fundamental para el suministro a la población y para el desarrollo económico”. Apunta, también, que, gracias a las redes de control que están distribuidas por todas las demarcaciones hidrográficas, es posible conocer el estado en el que se encuentra de cada acuífero.

Mejías asegura que es un conocimiento en el que se ha avanzado mucho. Esta mejora se debe, por un lado, a nuevas tecnologías, como es la instrumentación de piezómetros (sensores en sondeos), capaces de transmitir datos en tiempo real, y, por otro lado, a las nuevas posibilidades que ofrece la inteligencia artificial.

Referencias:

Wang et al. "A triple increase in global river basins with water scarcity due to future pollution". Nature Communications. 2024

Pulido-Velazquez et al. "Assessing impacts of future potential climate change scenarios on aquifer recharge in continental Spain". Journal of Hydrology. 2024

15
Abr
2024

 

El paisaje mediterráneo, su sociedad y la emergencia climática tienen un claro elemento de discordia que les marcará en las próximas décadas: el agua. Cómo será la comida del futuro, el consumo del futuro, el turismo del futuro, el bosque del futuro… Todas las respuestas pasan por el filtro del agua que tendremos disponible. Hoy, que navegamos entre el 21 de marzo, Día Internacional de los Bosques y el 22 de marzo, Día Mundial del Agua, nos hemos preguntado qué relación tienen y tendrán las masas forestales con este preciado recurso. ¿Cómo afectarán las sequías en nuestros bosques? ¿Se pueden tomar medidas para mejorar la vitalidad de los árboles? ¿Cortar algunos árboles puede hacer que aumente el agua en nuestros embalses?

Para responder a estas preguntas, en primer lugar, hay que tener en cuenta dos conceptos que describen esta relación íntima entre bosque y agua, los conceptos del agua verde y el agua azul. El agua verde es esa parte de la precipitación que cae al bosque y que acabará devolviendo a la atmósfera a través de la misma vegetación. Una parte del agua verde es la que devuelve porque las plantas la han interceptado y se evapora directamente desde la superficie de las hojas y los troncos. La otra parte es la que queda retenida temporalmente dentro del suelo y vuelve a la atmósfera fundamentalmente por transpiración de la vegetación, un intercambio de gases necesario para mantener la entrada de CO2 en las hojas y por tanto la fotosíntesis. Por otra parte, el agua azul es la diferencia entre la precipitación y el agua verde, y corresponde a la parte de la precipitación que no utilizará la vegetación y, por tanto, que no vuelve a la atmósfera, sino que se escurre por la superficie del terreno o se infiltra en el suelo hasta llegar a los ríos o acuíferos.

En un contexto de cambio climático, la relación entre bosques y agua puede verse bastante alterada. Si hablamos de bosques mediterráneos jóvenes y muy apretados, en un contexto de cambio climático con aumento de las temperaturas, podemos encontrar que la demanda de agua por parte de la vegetación sea cada vez más alta y que los árboles entren en una competencia encarnizada por el agua, sobre todo en verano cuando hay olas de calor. Esta situación puede llevar a los árboles a sufrir un estrés hídrico enorme, que los debilite o los lleve a morirse de sed. ¿Qué se puede hacer? Por un lado, hay que tener en cuenta que, con el tiempo, de forma natural, se irá haciendo una tarea de auto clareos en el bosque, sobrevivirán los árboles más vigorosos y los demás morirán, en un proceso de sucesión natural. Sin embargo, si queremos amortiguar efectos drásticos, abruptos e indeseados desde un punto de vista humano, podemos anticipar este proceso, recurriendo a la gestión forestal. Es decir, programando y realizando nosotros mismos este clareo.

La gestión forestal sostenible, si se basa en criterios científicos, ha demostrado ser una buena herramienta para mitigar este efecto en zonas concretas de bosques que se han densificado mucho en los últimos años. Si antes se recibían 10 litros de agua en un metro cuadrado a repartir entre cinco árboles, con una gestión adaptativa tocará repartirla entre tres árboles, haciendo más agua disponible por cada árbol. En estos casos, hablamos de favorecer determinadas especies más adaptadas a las nuevas condiciones climáticas, seleccionar árboles concretos que se pueden cortar por su tamaño o estructura y reducir la densidad del bosque, siempre dejando árboles en pie que se desarrollarán mejor y serán más vigorosos y sanos. En este tipo de gestión no se ve ninguna diferencia si miramos el bosque desde el cielo, sigue habiendo copas de árboles que cubren el bosque y nunca deja de ser un bosque funcional.

¿Cortar árboles para llenar pantanos?

Si a este tándem agua-bosque le sumamos una tercera variable, el de las personas, se puede llegar a pensar que cortando árboles en las cabeceras de los ríos llegaría más agua a los embalses. Este concepto puede parecer lógico si se mira desde el punto de vista conceptual, sin embargo, es un cambio de paradigma complejo y lleno de matices.

A nivel científico por el momento se ha constatado que el efecto es altamente variable y dependiendo de las características del bosque (especie, pendiente, tipos de suelo, etc.) y meteorológicas (tipo de lluvia, temperaturas máximas, radiación solar, etc.), Los resultados disponibles son a menudo contradictorios en relación a cómo las talas afectan a los flujos de agua azul (básicamente el escorrentía superficial y la infiltración). Dado que es difícil la experimentación a escala de cuencas, se están llevando a cabo estudios con modelos eco-hidrológicos que simulan el funcionamiento del bosque y los resultados nos dicen que el agua que quedaría disponible después del corte sería muy variable dependiendo de la zona, de las especies y del contexto hidrogeológico de la cuenca. En cualquier caso, la precipitación que cae en cada zona sería determinante para valorar la idea de cortar bosques para disponer de mayor agua por consumo humano. Os lo explicamos:

Catalunya árida, Catalunya húmeda.

En la Cataluña más árida (de Barcelona hacia el sur) llueve tan poco que estas acciones no tendrían efectos significativos en la cantidad de agua azul. Los modelos con los que ha trabajado el CREAF, el CTFC y la UdL dejan ver que el agua que quedaría disponible reduciendo la densidad de árboles (los llamados clareos de baja intensidad), sería automáticamente agua disponible para el resto de la vegetación (que ya sufre escasez de agua) y los caudales de los ríos no verían cambios evidentes.

Este IAF es el indicador que tiene más relación con la demanda de agua: cuanto mayor es, mayor demanda existe. Los estudios hechos demuestran que, a los pocos meses de haber reducido la cubierta por hojas, los árboles y arbustos que han quedado en pie, o rebrotan, o producen hojas rápidamente para llegar a un IAF equivalente y, por tanto, es un efecto que dura pocos años si no se realizan acciones de mantenimiento. “Algunas acciones para mantener el IAF bajo sería poner rebaños en el bosque que coman esta nueva producción de verde, pero debería verse cómo se mantienen a largo plazo y con qué criterios”, concluye Pla. Sin embargo, estas acciones no evitarían el incremento del IAF en las copas de los bosques altos.

Por otra parte, en la Catalunya húmeda, sobre todo en los Pirineos, ya se han observado reducciones de caudales producidas por la expansión del bosque que se ha dado tras el abandono de los pastos y cultivos. En este sentido, los modelos eco-hidrológicos ven que podría haber cambios significativos en los caudales de los ríos si se cambiara el paisaje. Si el cambio fuese radical, es decir, sustituyendo bosque para recuperar pastos y transformando algunos bosques en dehesas, por ejemplo, estos cambios serían mucho más notorios.

Ahora bien, si el cambio fuera más suave, centrándose en el tipo de especie y densidad de arbolado y matorral, este cambio, aunque menor, también podría ser significativo, pero requiere actuaciones periódicas que mantengan la estructura biofísica del bosque.

A esto hay que añadir que la zona mediterránea va hacia un cambio en la estacionalidad de las lluvias, con lluvias torrenciales como el Gloria y sequías muy extremas como la que estamos viviendo. En eventos intensos de lluvia, la estructura del bosque poco podrá aportar dado que la mayor parte del agua no llega a infiltrarse, aunque el tener una cubierta boscosa puede contribuir a controlar los fenómenos erosivos y los deslizamientos.

El bosque en el centro de todo

La gestión de los bosques en la Catalunya del siglo XXI necesita una visión transversal que incorpore las diversas perspectivas y que dé solución a los diversos retos sociales y ambientales. Necesitamos bosques que sirvan para muchos retos a la vez, bosques multifuncionales, que provean una lista de servicios muy larga y diversa, lo que nos obliga a montar fórmulas de gestión diversas, imaginativas y adaptadas a cada tipo de bosque y en cada territorio. Debemos tener claro que regular los ciclos hidrológicos no es la única función que realizan los bosques, y que el problema del suministro de agua no se solucionará cortando bosques. Además, hay que tener en cuenta que en Catalunya el 80% de los bosques son privados.

Una gestión multiuso podría, por ejemplo, gestionar un bosque concreto del territorio para aumentar el agua azul y tener mayor caudal en un arroyo del Montseny a favor del tritón, como ha sucedido con algunas cortas de plantaciones de abeto de Douglas (una especie foránea con grandes necesidades de agua). También podría servir para gestionar algunos rodales para recargar acuíferos estratégicos, pero siempre en actuaciones concretas, quirúrgicas y planificadas, tal y como debería plantearse cualquier otro tipo de gestión.

Los estudios del CREAF y del CTFC sobre todo han testeado y demostrado cómo la gestión en algunos bosques de Cataluña ha ayudado a tener más agua verde para soportar mejor la sequía y las olas de calor de una zona concreta, haciendo aclaraciones que den un respiro a los bosques más apretados – aquellos que compiten por un agua cada vez más escasa – o introduciendo pastos para reducir vegetación, disminuir el estrés hídrico, la vulnerabilidad frente a los incendios y poniendo en valor el sector ganadero extensivo.

En otros trabajos, el CREAF ha constatado cómo dejar a dinámica natural bosques con un alto valor ecológico ha ayudado a mejorar su grado de madurez, haciéndoles espacios refugio de gran biodiversidad, y aumentando su capacidad reguladora del ciclo del agua y del carbono. A pesar de la sequía, Cataluña no tiene un único territorio, ni un único bosque ni una única necesidad y la gestión forestal deberá adaptarse a cada caso y siempre tratando de incorporar los datos y la evidencia que se recoge desde la ciencia.

Anna Ramon

Responsable de comunicación en el CREAF. Soy licenciada en Biología por la UAB y Máster en Comunicación Científica y Ambiental por la UPF. Apasionada de la comunicación corporativa con más de 7 años de experiencia en el sector de la I + D + i en temas ambientales. Desde el año 2011 conduzco la estrategia de comunicación del CREAF.

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